Atravesando la crisis
En tiempos en que el sector productivo apenas empieza a mostrar signos de reactivación, en que la desocupación sigue siendo un problema, los salarios repuntan un poquito y el mercado interno todavía no se reactiva; en tiempos en que hasta el fútbol uruguayo ya no es lo que era y la angustia nos carcome porque no sabemos si iremos o no a Alemania, es abrumadora la frecuencia con que leemos enunciados como «esta crisis por la que atraviesa el país no tiene precedentes».
Me cuesta entender por qué los escribas de prensa (mis queridos colegas) se obstinan en agregar esa preposición por, que no sólo está de más (no en el sentido de Galería de Búsqueda) sino que constituye un soberano disparate que merecería figurar entre las cosas que están «de menos».
Si el país atraviesa una crisis, digamos simplemente «la crisis (o la situación) que atraviesa el país…»
El diccionario no deja dudas: la séptima acepción de atravesar alude a su sentido figurado y dice textualmente: «Pasar circunstancialmente por una situación favorable o desfavorable».
Pero veamos un poco por qué debemos desechar la preposición por.
En primer lugar, recordemos que las cosas se atraviesan mas no se atraviesa por ellas pues atravesar es un verbo transitivo y, por tanto, lo atravesado es el complemento directo, que jamás va precedido de la preposición por. En efecto, para llegar a lo que él consideró las Indias, Colón se aventuró por el proceloso océano, y en ningún libro de historia –ni siquiera en los del Hermano Damasceno (HD) de mi tierna infancia– se dice que las carabelas hayan atravesado por el océano: las carabelas atravesaron el océano. Caperucita atravesó el bosque; el protagonista de «Construção» (aquella obra maestra de Chico Buarque) atravesó la calle con su paso tímido; Rodríguez estaba atravesando el río cuando vio a Mandinga entre los sauces de la barranca opuesta.
Está claro que puede explicitarse el medio usado para atravesar: atravesó el bosque por el sendero; atravesó la calle por la cebra; atravesó el río por el paso; etcétera. Pero ello no debe conducirnos a una construcción errónea como la que analizamos.
–Ta clarito, Mendieta. Yo siempre digo que este tinto atraviesa mi garganta y es como una caricia aterciopelada…
–¡Qué lo parió! *
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