Entre algaras, ordalías y carne podrida
Adolf Eichman, comandante nazi de los campos de concentración, fue secuestrado en la localidad de Virreyes (Buenos Aires), en una de las primeras acciones comando de El Mossad, violatorias del derecho internacional. En su cautiverio se demostró amable, dócil, apacible y educado.
Sus captores usaban guantes de látex, para no tocarlo. Seguramente para no contaminarse del peor de los males que un genocida encarna: la carencia del más elemental sentido moral humanitario y la absoluta falta de empatía por los seres humanos, que sus camaradas de armas y de partido demostraron por judíos, gitanos o distintos, ya fueran niños, mujeres, o viejos, a los que consideraron como subhumanos.
Dos de los instrumentos más usados fueron la Mentira y la Negación, con el soporte de una ideología necróloga y de esa Ley, que según el propio Eichman, emanaba de la legitimidad de Hitler.
En Argentina –una de las cuevas nazis de Sudamérica– la oligarquía tuvo durante décadas una norma: un hijo debe ser industrial, el otro militar y el tercero sacerdote. Desde el golpe de 1976, se desataron sin freno. Primero: desapariciones, asesinatos de dirigentes sociales, demolición del peronismo de izquierda y de las instituciones. Los militares se «despegaron» de la sociedad, para instaurar el ajuste económico, que tuvo su máximo exponente en el ministro de Economía Martínez de Hoz, quien entre otras cosas intentó privatizar el subsuelo argentino. Segundo: provocaron la guerra de Malvinas, con una absoluta falta de responsabilidad, conflicto en el que el engaño y la mentira fueron la constante, hasta la capitulación. Tercero: ya en pleno gobierno democrático de Alfonsín, los levantamientos carapintadas de Aldo Rico y Mohamed Seineldín intentaron parar la leyes de punto final y obediencia debida. Cuarto: el homicidio del soldado Carrasco, un muchachito provinciano de pensamiento lento que exasperaba a un teniente, quien resolvió zanjar con cientos de «lagartijas», hasta su asesinato mediante palizas y «manteos» aquella «desagradable» peculiaridad. Ese hecho terminó con el servicio militar obligatorio. Es difícil imaginar una tarea más eficiente de autodestrucción.
En argentina hubo y hay reparaciones, búsquedas y acciones oficiales.
Los organismos de Derechos Humanos siguen peleando, como soporte moral de una sociedad tremendamente golpeada pero que pelea con una vitalidad asombrosa por la verdad y la justicia.
En nuestro país el poder Ejecutivo y el Judicial se desplazan con lentitud en el tema de los derechos humanos. Quienes estuvimos en la Comisión Nacional Pro referéndum –en Buenos Aires– y vivimos el impacto de la derrota del voto verde, sabemos el retraso que provocó en las organizaciones de familiares y militantes ese camino. Retraso incrementado por el ex presidente doctor Julio María Sanguinetti, quien se propuso borrar y desalentar toda búsqueda y «blanquear» el pasado prohijando el silencio y la impunidad, en su intento por detener y modificar la rueda de la historia.
En el Uruguay la paciencia es una fortaleza que hay que cultivar, pero todo tiene su límite, y llegó la hora. El presidente doctor Tabaré Vázquez, 35 años después, es el eslabón mayor de la cadena de mandos en las FFAA. Nadie pone en duda su autoridad o su temple. El control de los aparatos de seguridad del Estado por parte de los civiles, y el proyecto de modificación de los ascensos a general, son aspectos de un camino empedrado, pero en tránsito.
Carne podrida es la información sobre los enterramientos en los batallones, que solamente buscaron dejar pegado al teniente general Bertolotti y tomarle el pelo a toda la izquierda, sus acérrimos enemigos, hoy en el gobierno. Esta es nuestra convicción, ya que los planes de formación en las FFAA no han variado sustancialmente y ni los viejos oficiales han mostrado espíritu de reconciliación.
Los que estuvimos presos en el Penal de Libertad, ese gran campo de experimentación de alféreces y tenientes, hoy generales o coroneles, aprendimos cómo razonan y cómo operan.
El coronel Picabea era en aquellos años un teniente 1º desconocido, hasta el episodio de la Misión Uruguaya en EEUU con el asunto del cuadro de los cuatro soldados. Nos parece que debió ser pasado a retiro, frente a su insistencia. La profesión militar es muy competitiva, y otros oficiales esperan para ascender. La sociedad les debe reservar el acatamiento como exclusividad cotidiana y no periódica. No existen oficiales imprescindibles, ni puede existir una verticalidad errática.
La fuerza política y el país todo se deben el debate acerca de qué FFAA y qué ley de defensa necesita el Uruguay. No se puede permitir que se juegue con las familias de los desaparecidos y los asesinados, ni con los tiempos de una sociedad en busca de sus respuestas.
En 1972 el entonces mayor Cordero le decía a un detenido en el 5º de Artillería: «Desde la época de los bárbaros existen las algaras y las ordalías, nosotros no inventamos nada»; es decir, robo de caballos y tierras, y formas de conseguir información.
Nos gustaría ver al prófugo Manuel Cordero, quien participara en el allanamiento y secuestro de Zelmar (reconocido por un conserje del Hotel Liberty), pasar por los tribunales, para dar cuenta de sus algaras y ordalías junto a la banda de Gordon. Para ello, es necesario que el Ejecutivo le pida al Poder Judicial que accione.
¿Pasaremos la vergüenza de la inoperancia? ¿Dejaremos la responsabilidad de la justicia en manos de otros países como salida? ¿Nos vamos a exponer al ojo por ojo que a todos nos deje ciegos?
No hemos visto a ningún periodista preguntarle a la doctora Cristina Crespo, dirigente de la Asociación de Magistrados, por otro tema que no sea el de su legítima preocupación: la endémica falta de recursos del Poder Judicial.
La Justicia no puede ser un Timbal con el parche roto, pero no debería ser un poder tan desfasado de los tiempos políticos porque se torna injusta e inoperante.
Adolf Eichman fue juzgado –con su consentimiento– en Israel, y ejecutado. Sus cenizas fueron tiradas al mar para no contaminar la tierra de Israel. En Buenos Aires, Videla es repudiado en restaurantes e iglesias. En Uruguay, se empiezan a descascarar las varias capas de pintura de la impunidad mientras aprendemos –y rápidamente– de los «operativos» con información podrida. Hay que reiterar el apoyo al gobierno y a la figura del doctor Tabaré Vázquez, a lo largo y ancho del país, porque revolucionarios somos hallando la verdad y conquistando la justicia. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad