El fracaso de los historiadores
La corriente dominante de la historiografía nacional es a todas luces deficiente para explicar nuestro pasado y nuestro presente. No sólo no logra interpretar correctamente las claves de nuestro éxito económico en el siglo XIX, sino que tampoco puede extraer las conclusiones fundamentales de nuestro fracaso en el siglo XX. En los primeros años del siglo XXI, este tema resulta decisivo para ver si nos encaminamos a cien años mas de desatinos, o si por el contrario, volvemos a la sensatez de los forjadores de la Nación.
Creo que el punto central que nunca ha sido explicado en forma satisfactoria es el viraje ideológico de la mayoría de los dirigentes políticos y de la población del liberalismo al proteccionismo. En el último cuarto del siglo XIX, en forma gradual, el proteccionismo irá minando las bases de la prosperidad, preparando el camino para que a comienzos del siglo XX José Batlle y Ordóñez empiece a ponerle el freno de mano a la economía. El segundo batllismo sólo consolidaría las torpezas anteriores.
Investigaciones recientes sobre todo las de Luis Bértola – demuestran que la tesis de los historiadores liberales era correcta. A lo largo del siglo XIX nuestro país se fue acercando cada vez más a los países ricos, hasta que los alcanzó. Luego, a partir de Batlle, comenzaría a alejarse cada vez más, de manera irreversible hasta el presente. Esos son los hechos. Fuimos ricos cuando seguimos políticas liberales y pobres cuando seguimos políticas estatistas. Es muy triste la posición de los historiadores que mienten la historia como si eso pudiera servir para otra cosa que hundirnos cada vez más.
Para ilustrar la mentalidad de los dirigentes de mediados del siglo XIX, vale la pena citar uno de los documentos más influyentes de ese período, El Manifiesto de Lamas de 1855. Dice Andrés Lamas: «¿Qué es el dinero del Estado? En último análisis, el resultado de la producción. Si tenemos un país de empleados que viven del dinero del Estado, no tendremos producción, tendremos sólo consumidores, esto es, el absurdo, la imposibilidad»
Ya en pleno período batllista, el senador Domingo Arena, uno de los principales dirigentes batllistas y amigo personal del presidente, dijo en el Senado: «Yo concibo al Estado como un sujeto superior en todas las manifestaciones de la vida». El batllismo no sólo era una ideología totalitaria en lo político, prueba de lo cual es la exclusión del Partido Nacional de cualquier participación posible, también era lo era en lo económico y lo que es aún peor, lo era en el plano filosófico.
Debemos hacer un esfuerzo para comprender como fue posible ese cambio nefasto en la forma de pensar de nuestros compatriotas. Ese período, que va de las primeras leyes proteccionistas de 1875 a la llegada del Batlle en 1903, en el que se produce tan formidable involución, merece un análisis desde el punto de vista de la psicología social que aún no se ha realizado. Cien años que Jorge Borlandelli llama con acierto «el experimento social más largo de la historia» han sido más que suficientes. Este tiempo marcará lo que pienso es un nuevo punto culminante. ¿Seremos testigos de un tercer batllismo suicida? ¿Viviremos un nuevo período de indecisión como el de los últimos veinte años? ¿O nos pondremos nuevamente en el camino del desarrollo? Si los uruguayos logramos asociar nuestras desgracias a sus verdaderas causas la tercera posibilidad cobrará fuerza. De allí la importancia de interpretar correctamente la historia. Una nueva generación de historiadores con una mayor comprensión de los fenómenos económicos no infectados por las inconducentes teorías estructuralistas o dependentistas-, y de una honestidad intelectual incondicional, se hace indispensable. *
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