Resultados de la Cumbre Iberoamericana
Las Cumbres Iberoamericanas, reuniones anuales de jefes de Estado y de Gobierno de América Latina, España y Portugal, fomentan el diálogo entre las diversas naciones que formaron parte de los imperios coloniales de los dos países que integran la Península Ibérica.
Estas asambleas periódicas surgen como un intento de la ex metrópolis de impulsar un entendimiento entre naciones vinculadas por razones históricas, culturales e idiomáticas y tienden a constituir una suerte de bloque alternativo a la hegemonía estadounidense. El propósito manifiesto de España, concretamente, es el de establecer acuerdos comerciales y tratados de inversiones que le sean favorables de modo de contar con un mercado que, si bien exhibe los más altos índices de injusticia distributiva, por su tamaño no deja de ser tentador para los países ricos; ya sea como consumidor de productos manufacturados, ya sea como plaza donde invertir e instalar industrias en razón de ciertas ventajas que los países pobres están dispuestos a otorgar con tal de atraer inversiones.
Las reuniones de gobernantes iberoamericanos no han producido resultados concretos a pesar de las ampulosas declaraciones y enunciaciones de propósitos. El presidente colombiano lo ha dicho con particular expresividad: «Estas cumbres se vuelven detestables porque son una excusa para hacer turismo presidencial; es feo ver a los presidentes paseando a toda hora», declaró Uribe a una radio bogotana. Con semejante afirmación, el presidente de Colombia estaba resumiendo un sentimiento que probablemente compartían todos los mandatarios pero se guardaban muy bien de manifestar. El presidente de la República, doctor Vázquez, pareció adherir públicamente a esa percepción cuando declaró a su vez que esperaba que se concretaran acciones que arrojen resultados positivos para los pueblos, ya que hasta ahora tales reuniones han sido «estériles». «El pueblo empieza a preguntarse para qué sirven estas reuniones», advirtió Vázquez y reclamó un mayor compromiso para «concretar acciones en temas como la lucha contra la pobreza y la discriminación».
El canciller español, Miguel Angel Moratinos, parece –él también– haber captado esa percepción generalizada que critica la falta de ejecutividad de las cumbres, cuando anunció que la Declaración de Salamanca es mucho más breve que las anteriores pero menos retórica y sensiblemente más práctica. «Queremos una declaración con más contundencia, más relevancia y un lenguaje más directo que entienda la ciudadanía», aseveró el ministro de Exteriores del gobierno de Rodríguez Zapatero.
Por lo pronto, para el caso concreto de Uruguay, la presencia del presidente Vázquez en España le permitió un diálogo con el primer ministro español en el que éste se comprometió a interceder ante el gobierno argentino para persuadirlo de que deponga su actitud hostil a la instalación de las plantas de celulosa en Fray Bentos. Según las informaciones de prensa, Rodríguez Zapatero está dispuesto a garantizar que las fábricas no producirán efectos indeseables en el entorno ni contaminarán las aguas del río Uruguay.
Pero quizá lo más trascendente de esta cumbre sea el apoyo logrado por Cuba y Venezuela en su pretensión de que el terrorista Luis Posada Carriles sea extraditado de EEUU a Venezuela. Al respecto, uno de los comunicados reza textualmente: «Apoyamos las gestiones para lograr la extradición y llevar ante la Justicia al responsable del atentado terrorista a un avión de Cubana de Aviación, que causó la muerte de 73 civiles inocentes».
Desde luego que dicha declaración no obliga legalmente a EEUU a conceder la extradición, pero constituye un espaldarazo nada despreciable a la gestión de dos gobiernos que la Administración Bush no ve con buenos ojos. *
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