Enriquecimiento de la conciencia republicana

Luego de la diabólica experiencia que ha sufrido el país en materia de terrorismo de Estado, resulta altamente positivo que exista una amplísima mayoría para que aquel sombrío período que tanto daño ha causado no se repita jamás. Y naturalmente que para alcanzar ese patriótico objetivo, es imprescindible dotar al sistema democrático de la fortaleza espiritual que le posibilite al pueblo aislar de la sociedad a todas las corporaciones o individuos que pongan en riesgo sus innegociables principios.

De más está decir que el actual gobierno comenzó a cumplir un papel fundamental, para que cada titular de la soberanía sea un celoso custodio del modelo sembrado por el Prócer, en virtud de que únicamente con conductas cristalinas, la credibilidad en la gestión se mantiene intacta. Porque nadie podrá olvidar, si nos remontamos a las lecciones que nos vienen del pasado, cómo los regímenes totalitarios -más allá de sus signos ideológicos- han explotado las debilidades de las muchedumbres, las que agobiadas por crisis sociales y económicas, han creído ingenuamente en el paternalismo con que se visten los «salvadores de la nación», o en las «figuras providenciales» que se arrogan ese papel trazado por el destino.

Eficiencia, crecimiento colectivo, austeridad, transparencia y una justa distribución de la riqueza nacional, comportan atributos esenciales para que la democracia preserve su prestigio, y esté en guardia permanente para frenar a los demagogos que cultivan el autoritarismo. Y como es lógico, esa muralla defensiva contará con sólidos cimientos, si desde el banco de la escuela con lenguaje sencillo, sin retóricas ni vuelos gramaticales, se orienta a los alumnos sobre los alcances del pluralismo, las garantías que implica la separación de poderes, como asimismo cuánto significa la convocatoria de la ciudadanía para que mediante el voto secreto laude en las urnas cómo ha de conformarse el nuevo gobierno.

La multitud de problemas que en el área de los derechos humanos está enfrentando el Poder Ejecutivo, como consecuencia de que en veinte años la omisión convivió con la complicidad, obliga a que en las aulas los estudiantes vayan teniendo conocimientos sobre los documentos internacionales relacionados con aquellos, en mérito a la regla de oro que es más fácil formar al niño que reformar al hombre.

En esa dirección es conveniente que la prensa en sus variadas manifestaciones divulgue la filosofía en que anidan las normas recientemente aprobadas por la Cámara de Representantes, por las cuales se penalizan la tortura y demás actos crueles o degradantes que atentan contra el ser humano. Y que el tema sea cosechado por los centros de enseñanza, con la finalidad de que los educandos amplíen sus juicios evaluatorios sobre la importancia que reviste contar con las garantías que emanan del Estado de Derecho.

Las nuevas generaciones tienen que saber cómo la tortura golpeó duramente al Uruguay, donde muchas de sus víctimas fallecieron por el único delito de discrepar con los usurpadores del poder. Como igualmente que ha constituido un recurso para lograr coactivamente del eventual detenido o prisionero, información que importa o necesita su aprehensor, donde los autores la justifican en nombre de la Patria.

Adviértase que el dolor, la aflicción o el miedo que se derivan de la tortura, se dan incluso en la vida familiar, en cuyo seno las víctimas son los más débiles como los ancianos, las mujeres y los niños. Y como no escapará al intelecto del lector, resulta arbitrario señalar a partir de qué época, los gobiernos democráticos comenzaron a preocuparse por lo que llamaríamos la «institucionalización del tormento físico o psicológico», pero sí destacar que en la Carta de las Naciones Unidas comienza a tenerse una dimensión de un flagelo que inunda todas las latitudes.

Ninguna comunidad civilizada puede aprobar los «apremios ilegales», porque en rigor más allá de los atropellos o vejámenes contra el detenido, encubre una advertencia solapada contra quienes discrepan con estas prácticas, que se inscriben en la escuela del terrorismo.

La tortura no es privativa o exclusiva de ningún credo o doctrina, y puede afirmarse que luego de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, muchos gobiernos autoritarios han superado las técnicas del martirio, alcanzadas por los totalitarismos de Adolfo Hitler y José Stalin. Recuérdese que las dictaduras que ensombrecieron al continente americano en la siniestra década de los 70, y por las cuales siguen subsistiendo temores por el retorno de aquella época, perfeccionaron la aplicación de golpes sin dejar huellas, como igualmente en el uso de la picana eléctrica en las zonas más sensibles del cuerpo –por citar algunos de los procedimientos– en donde se procuraba quebrar la firmeza personal de la víctima.

Como dijimos al comienzo, los futuros ciudadanos no pueden divorciarse de los hechos que importan a todos, ni transformarse en fugitivos de la realidad, porque la ignorancia como la desinformación representan el suelo fértil para aniquilar las libertades públicas. Y la democracia no es un bien que la vida nos regala en un acto de generosidad, sino que de sus entrañas surgen las advertencias de resguardarla todos los días sin excusas ni renunciamientos. *

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