En el anca de un piojo
A gatas nos salvamos de la eliminación; lo que no significa –como podría suponerse– que se logró la clasificación. Nada de eso: con el agónico triunfo ante Argentina (y no sobre Argentina, como suele escribirse en las crónicas deportivas) lo que obtuvimos no fue otra cosa que el derecho a un repechaje, es decir a dirimir con la selección de la remota Australia cuál de ambas naciones intervendrá en el campeonato mundial del año que viene.
Como lo pedía la tapa de LA REPUBLICA del miércoles 12, ganamos con honor. Aparentemente, no hubo «arreglo» alguno y el triunfo fue inobjetable.
Ahora bien, dicho esto, es preciso tener en cuenta algunas cosas. Si bien toda victoria merece festejo –y especialmente esta que nos permite mantener la esperanza de clasificarnos para Alemania 2006–, el desempeño de la selección nacional frente a Argentina no justifica una explosión de algarabía. El juego del equipo uruguayo confirmó que es éste un cuadro mediocre, sin ideas, lento. ¿Cómo ese cuadro pudo ganarle a Argentina, que demostró ser el mejor? Pues sencillamente porque, aunque no haya habido «arreglo», los jugadores argentinos vinieron sólo a jugar, no a competir; el resultado les era absolutamente indiferente a los efectos de su clasificación puesto que hace ya varias fechas que la misma quedó asegurada; no estaban en juego puntos de oro o posiciones en la tabla que los motivaran a salir con todo a jugarse la camiseta. La sensación que tuve durante casi todo el partido fue de que nos perdonaron la vida, que no vinieron dispuestos a «pasarnos por arriba» sino más bien con la idea –inconsciente, tal vez– de que no les importaba perder si con eso les daban una manito a los hermanos orientales. Creo que esta vez, además del cariño que nos tienen los argentinos (no correspondido por los uruguayos) les inspiramos lástima. Y a mí no me gusta que me tengan lástima ni que mi país y mi gente despierten conmiseración.
Por eso cuando me senté frente al televisor, me di cuenta de que mi estado de ánimo no era el mismo de otros partidos. Que al mismo tiempo que mi condición de hincha celeste me llevaba a desear el triunfo, las condiciones en que se había llegado al partido y la convicción a priori de que si ganábamos, sería porque el rival jugaría a media máquina, me llevaban a sentir que no merecíamos esa última oportunidad de disputar con Australia un lugar en Alemania.
Es que me resulta imposible soslayar lo que fue el desempeño del seleccionado durante estas eliminatorias, que dio como resultado una performance más que pobretona. Y me pregunto, no sin alarma, qué papel podremos hacer en un Mundial, en caso –obviamente– de que logremos derrotar a Australia, algo de lo que hoy puede legítimamente dudarse.
Tal vez haya que concluir que toda esta peripecia clasificatoria no es más que la confirmación de un rasgo de la idiosincrasia uruguaya. Me refiero a esa propensión a la desprolijidad, a la improvisación, a la imprevisión, a dejar todo para último momento, a salvar el examen en el anca de un piojo, a confiar en el azar o en soluciones mágicas.
Tal vez los hinchas uruguayos estemos acostumbrados a esperar que, mágicamente, los mismos futbolistas y la misma dirección técnica den una voltereta y el cuadro exhiba un afiatado juego de equipo al tiempo que sus delanteros mejoran la puntería y la meten adentro del arco.
¿Y por qué no? Al fin y al cabo, ¿a quién le ganaron los australianos?
¡Vamo’arriba, con fe pa’l repechaje! *
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