El papel de la oposición

Allá por la década del treinta, en una de sus punzantes paradojas, don Miguel de Unamuno decía que a él en España no le preocupaba el gobierno sino la oposición. Lo que entendía que era ausencia de visión, coherencia y seriedad para formular propuestas alternativas.

Algo similar se podría decir de lo que está ocurriendo en la actualidad en nuestro país.

La existencia de una oposición enérgica, con iniciativas, que desarrolle una visión propia del país y realice propuestas encaminadas a solucionar los problemas nacionales es imprescindible. No sólo como una garantía democrática sino para exhibir un funcionamiento serio y creíble de las instituciones y del desempeño de los representantes políticos del pueblo.

Dos de los últimos debates recientes, protagonizados en el Poder Legislativo, mostraron hasta qué punto los partidos tradicionales no han logrado todavía sobreponerse al sacudimiento provocado por la victoria popular del 31 de octubre.

Por momentos resulta irrisorio que el centro de todas las alocuciones de los partidos opositores esté situado en resaltar los matices o diferencias de opinión que existen dentro de la coalición de gobierno. Es una constatación que tiene cierto sentido formularla pero que de ninguna manera resulta suficiente cuando quienes lo hacen –tanto blancos como colorados– se vieron expuestos a las mismas opciones durante muchos años y tienen, sobre esos problemas, una trayectoria perfectamente pública y clara.

Esa trayectoria pública y clara es la de haber acompañado sin vacilaciones todas las iniciativas políticas y diplomáticas originadas en los Estados Unidos y la aceptación sumisa y automática de todas las imposiciones establecidas por los Organismos Internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Esta política de sumisión estuvo especialmente agravada durante el gobierno del Partido Nacional, cuando además de las claudicaciones expresadas más arriba, el gobierno de Lacalle se propuso, en la misma senda de Menem, acceder a la presión de las trasnacionales que bregaban por apropiarse de nuestras empresas públicas a través de una política de privatizaciones.

Otro pico de este servilismo se dio en la segunda fase del gobierno del doctor Jorge Batlle, cuando la coalición de gobierno blanca y colorada le dio la espalda al Mercosur y se decidió a jugar todos los boletos a las relaciones con los Estados Unidos.

Toda oposición seria tendría, por empezar, que reconocer cuál es la senda que ha estado recorriendo hasta ahora. Y decir claramente qué herencia reivindican y a qué herencia renuncian cuando se han transformado en severos fiscales de la política del gobierno actual.

Asimismo, tendrían que se más claros acerca de cómo harían para compatibilizar sus críticas a la izquierda con relación a lo que será, a no dudarlo, la continuidad de su política de hacer «buena letra» con relación a las presiones externas provenientes de los Estado Unidos.

De la crónica «desde el Senado» surgen otros elementos que dan la medida del clima político que intenta generar la oposición. Incluso con anuncios de que «ya que el gobierno intenta amordazarla, los legisladores (de la oposición) dejarían de concurrir…».

Mimada por la mayor parte de los medios de comunicación controlados por el oligopolio, si algo es ajeno a la oposición son los padecimientos de la mordaza, esa que con tanta frecuencia le han impuesto a las denuncias de los sectores populares y de la izquierda durante tantos años.

Los juegos de artificio verbal desplegados en el Senado muestran que no hay mucho que esperar, al menos por ahora, de los partidos a los que el pueblo asignó la tarea de ser representantes minoritarios en los órganos legislativos. *

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