El retiro de la foto de los soldados muertos

Muchas veces hemos coincidido como blancos y nacionalistas con posiciones del Presidente de la República y su grupo político frentista. Y otras tantas también discrepamos sustancialmente en actitudes e ideologías como es obvio. O sea, a la objetiva mano de cal van las correspondientes. De bleque en la medida correlativa.

A título de ejemplo en artículo anterior discrepamos cuando permitió e invitó autoridades extranjeras, embajador Patiño Meyer y un tal Duhalde argentinos ambos, constatar y verificar en territorio soberano uruguayo investigando si habíamos buscado los cuerpos humanos desaparecidos en nuestros cuarteles militares bien o mal. Clara violación de nuestra soberanía que por cierto ellos en su territorio no lo permitirían. Y hoy, debemos ser también contundentes en la discrepancia cuando en actitud arbitraria e inexplicable en su reciente viaje a los EEUU en nuestra Embajada en Washington, ordena el retiro de una foto de los cuatro soldados asesinados en guardia de la casa del Comandante en Jefe del Ejército Nacional de la época (1972). El hecho por lo imprudente e irrelevante no se justifica racionalmente.

En primer lugar no hay disposición que pueda prohibir a un diplomático como es un agregado militar en una embajada nacional tener una imagen de combatientes de su arma muertos en defensa de la patria.

Es un legítimo orgullo digno, para quien se identifique sea o no militar con las víctimas caídas en cumplimiento del deber patrio.

No es un tema político. Cuatro modestos soldados ejecutados defendiendo la integridad nacional del Estado legalmente constituido, no se pueden interpretar como representantes o ejecutantes de crímenes, actitudes o elementos responsables de explotaciones, torturas o expresiones políticas imperialistas que puedan justificar el crimen. No era una guerra convencional colonialista por la libertad y soberanía o por logros sociales que el Uruguay ya los había conseguido y estaban comprendidos en la Constitución.

Fue una guerra interna por cambios de sistemas de gobierno en las que se prefirieron las armas en lugar de la balota. Con las consecuencias nefastas respectivas. Que el de los cuatro soldados fue un crimen inmoral, no cabe dudas. Tanto como los cometidos en los «vuelos de la muerte» o en la inyección de pentotal al humilde peón rural Pascasio Báez por citar ejemplos de ambas partes. Todos son crímenes con sus responsabilidades correspondientes. Indefendibles. Propios de toda guerra y de esta en particular, entre orientales, por carecer de motivación racional en un país que no tenía inminencia de crisis social o económica que justificara esos extremos. El propio Che Guevara, un tiempo antes había discrepado con una revolución armada en Uruguay.

Lo explicó y demostró lo inoportuna para una lucha continental contra el imperio que se pergeñaba entonces. Pero por encima de si era o no inoportuna una guerra interna, como lo fue, el asesinato no se justifica de ninguna manera o razón.

De allí, el homenaje justificado de una, hasta humilde foto, de los sagrados muertos para compañeros de armas quieran tener como veneración de los mismos.

¿Qué se logra cuarenta años después del luctuoso insuceso obligándolo a sacar la imagen de las víctimas? No se tiene más o menos autoridad, ecuanimidad o aplicación de justicia por tomar esa decisión que exacerba sentimientos que en el recuerdo son muy respetables pero que actualizarlos negándolos o irritándolos es «volcar nafta en la hoguera».

Es un error de intransigencia que revive sentimientos que por el bien de la patria y su pacificación conviene, aunque pueda haber quien discrepe, respetar.

Las interpretaciones maliciosas posteriores hoy, son inevitables dando «pasto» a conclusiones de las más variadas procedencias.

Se puede alegrar y me lo han dicho, que si en lugar de la foto de los soldados, hubiese estado una del Che o del «Inti» Peredo, el presidente, ¿hubiera ordenado sacarla?

Personalmente, creo que sí. Pues en ese caso es una clara alusión política. Pero no pasa por ser una mera deducción de mi parte acertada o no.

Queda la obvia duda.

La prudencia y moderación en la máxima magistratura como es la Presidencia de la República, no permite dejar rastros que puedan intencionar reacciones o actitudes de revancha en temas tan delicados y sensibles como es la vida o la muerte en sus homenajes pertinentes a inocentes.

En una guerra la mayor parte de las acciones son incontrolables habiendo ejecutores culpables y crueles en todos los bandos. Y por supuesto, se cumplen órdenes. No se puede mezquinar entonces el justo reconocimiento a los muertos inocentes.

Hacer justicia con excesos criminales es una obligación tanto en la desaparición de criaturas raptadas como en la de ciudadanos en cárceles o mazmorras populares que antojadizamente en forma mesiánica se les ocurría aplicar a seudos intelectuales ilegalmente.

El retirar un cuadro de los soldados victimados o dañar el monolito a su recuerdo en la plaza respectiva suena en cambio a preámbulos totalitarios propios de la Ley del Talión: Ojo por ojo y diente por diente.

Conozco al Presidente y me consta que no es el espíritu que lo debe de animar.

¡Que haya paz en las tumbas de todos los muertos! ¡Y que Dios tenga en su gloria a las víctimas todas! ¡Unos y otros!

¡Amén! *

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