Cordura y sensatez
Como el tema del realismo, el pragmatismo y el posibilismo ha vuelto a estar sobre el tapete, me parece oportuno transcribir parte de un artículo que, aunque publicado hace ya un tiempo, mantiene hoy toda su vigencia.
«La gente sensata y llena de cordura, los hombres realistas y pragmáticos, los que miran a los utópicos con desdén más o menos indulgente, se han convertido hoy en el triste paradigma del hombre nuevo. ¡Qué lejos quedó aquella hermosa consigna del Mayo francés ‘seamos realistas, pidamos lo imposible’! Hoy la política se limita a ser el arte de lo posible y el posibilismo emerge triunfante.
Lentamente, subrepticiamente, los ideólogos del neoliberalismo van logrando entronizar el sentido común. ‘Lo dice el sentido común’, nos espetan muy sueltos de cuerpo como para dar por finalizada cualquier discusión. Saben –pero lo soslayan cuidadosamente– que el sentido común es el responsable de grandes macanas y calamidades como el rechazo de la esfericidad de la Tierra o la defensa del geocentrismo. Y muchas veces logran que uno se incline, reverente, ante ese dios, olvidando que el common sense es por esencia reaccionario, conservador, entorpece el verdadero progreso, se opone al avance de la ciencia y condensa lo peor de la sabiduría popular.
El sentido común habría aconsejado a Artigas no enfrentar a los españoles en Las Piedras, por ejemplo; habría desestimulado a Fidel Castro a intentar el asalto del Moncada. El sentido común y el realismo político llevaron a Larrañaga y a Rivera –entre otros– a aceptar la sumisión a Portugal primero y al Imperio del Brasil después. En nombre del realismo se pactó una salida cojitranca de la dictadura, aceptando condiciones inaceptables impuestas por los motineros. ‘Dialogar es transar’, escribió Carlos Quijano en 1984. ‘Si transamos con la dictadura, seguiremos siendo sus prisioneros’. Vaya si acertó, que casi veinte años después seguimos prisioneros de la impunidad.
Entonces, a los cantos de sirena del posibilismo, habría que oponer la intransigencia. Esa postura profundamente ética enarbolada por los locos e insensatos como Leandro Alem: ‘Nunca he participado de esta idea de que en política se hace lo que se puede y no lo que se quiere. Para mí hay una tercera fórmula, que es la verdadera: en política, como en todo, se hace lo que se debe, y cuando lo que se puede hacer es malo, ¡no se hace nada!’.
No vendría nada mal un poco de audacia y –por qué no– de locura, para sacudir la insoportable cordura que hoy campea y que nos induce a hacer, sumisos, sólo lo que los enemigos consideran posible.
Como decía León Felipe, todo el mundo está monstruosamente cuerdo. Y temo que esa cordura –que tal vez no sea más que la ‘terrible cordura del idiota’, según Antonio Machado– termine por contaminarnos definitivamente y todos nos resignemos a que nada se puede».
Soy consciente de que la política –como tantas otras actividades humanas– es un arte que exige cautela e intuición. Sé, también, que muchas veces la voluntad de poner en práctica ciertas ideas o propuestas contenidas en un programa se da de bruces contra una coyuntura adversa; me consta que en esos casos, muchos aconsejan «desensillar hasta que aclare» o, incluso, proceder a una retirada estratégica.
De lo que no estoy tan seguro, es de que ese arte deba limitarse a ser el arte de lo posible, y pretendo que se logre el difícil –pero no imposible– equilibrio entre el impulso de cumplir el programa y las trabas o las circunstancias desfavorables que la realidad ofrece. *
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