Un resabio medieval en la posmodernidad
El tiempo que el progreso científico y tecnológico sigue su curso acelerado para mejorar la calidad de vida de la gente, y el mundo ha entrado en el tercer milenio exultante de optimismo democrático y liberal, viejos recursos, emergidos de las profundidades oscuras de la historia, recobran vigencia para enfrentar los males de la posmodernidad.
Cuando en 1961 los soldados soviéticos –transformados en albañiles– levantaron el muro que dividía Berlín para evitar las fugas masivas del este a occidente, el título de una publicación de la época resumía magistralmente el absurdo de la situación: «El muro es medieval; los problemas son actuales».
Murallas y puentes levadizos sobre fosos fueron desde siempre elementos de contención y de defensa que pronto adquirieron el carácter de símbolo de segregación; un elemento apto para dividir, para evitar la inclusión. Cierto es que las murallas sirvieron muchas veces para proteger a pacíficos pobladores de villas de los desmanes que cometían los invasores bárbaros. Pero no menos cierto es que en última instancia propenden a evitar la integración.
El muro de Berlín fue el paradigma. Su demolición implicó la reunificación de una ciudad y, más tarde, de una nación; fue el reencuentro de los alemanes, además de significar el comienzo del fin de un sistema que se había demostrado incapaz de ofrecer un mundo mejor.
El fin de los regímenes totalitarios disfrazados de socialistas estimuló la euforia liberal y generó en muchos hombres y mujeres la ilusión de que con ello no sólo se terminaba un sistema opresivo que violaba los derechos humanos, sino que, además, se alejaba el fantasma de la guerra y se aproximaba una era de dicha y bienestar.
A quince años de aquellos sucesos, nadie puede negar que la Humanidad se llevó un chasco mayúsculo. El fantasma de la guerra sobrevive y goza de buena salud. No se trata de la conflagración atómica que se temía como consecuencia del enfrentamiento entre los dos bloques, pero los conflictos armados que estallan o recrudecen en diversos puntos del planeta se multiplican y ocasionan miles de víctimas inocentes entre la población civil. Por otro lado, la lucha contra el terrorismo ha servido de pretexto para que la democracia imperial mostrara su verdadero rostro y conculcara derechos, libertades y garantías individuales.
Pero más allá de estas características del «fin de la historia», las cifras insultantes proporcionadas por organismos internacionales hablan de la profundización de la brecha que separa a millonarios de indigentes. Y de la misma manera que los ricos se parapetan tras rejas y alarmas, los países ricos han ideado barreras para protegerse de las invasiones bárbaras del siglo XXI: la emigración de los desplazados hacia las mecas de la prosperidad en busca de un trabajo que les permita obtener, por lo menos, alguna migaja un poco más voluminosa que la que les toca en sus países de origen. Desde luego que esas barreras eran más civilizadas y sutiles, menos groseras que las toscas murallas medievales: rigurosas políticas de inmigración, severos controles fronterizos.
Sin embargo, hay casos extremos en que las medidas civilizadas no alcanzan, y es entonces que el viejo recurso para segregar se materializa de manera indecente. En los últimos días, el gobierno español redobla esfuerzos para evitar las oleadas de africanos subsaharianos que pretenden ingresar al primer mundo. Es así que –emulando al gobierno israelí con su muro para impedir el desplazamiento de palestinos– el Reino de España multiplica las barreras físicas en el límite entre sus enclaves del norte de Africa y el Reino de Marruecos. Clásicos alambrados de púa conviven con detectores de última tecnología (rayos infrarrojos, vigilancia aérea, cámaras de vídeo) en un esfuerzo conjunto para evitar que la sociedad española se contamine con la presencia de extranjeros. *
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