Hurgadores peligrosos
Es conmovedor el amor por los animales que manifiesta El País. Más concretamente, por los equinos; y dentro de éstos, específicamente por los solípedos que tiran de los carritos de los hurgadores. Pocas veces se ha visto tanta indignación por los malos tratos a que son sometidos los nobles brutos a manos de sus amos insensibles; una indignación que revela la exquisita sensibilidad de los editorialistas paisanos.
Pero no crea el lector que esa sensibilidad extrema se agota en la solidaridad para con los jamelgos. Antes bien, los colegas caganchos se muestran de lo más preocupados por los peligros que suponen para la sociedad esos vehículos de tracción a sangre, «circulando por las calles sin luces, a contramano, y frecuentemente destratando a golpes de bestia al caballo (…) Son los dueños de las calles, hacen lo que se les da la gana.
Ya de por sí es lamentable este espectáculo propio de poblaciones de los tiempos de la colonia, pero cuando además de desencajar con la época, generan esta clase de riesgos propios del inconsciente, se tornan en francamente peligrosos». (Sic)
Estos peligrosos antisociales, castigadores de caballos, se dedican a todo tipo de tropelías. Según El País, «el auriga conductor del carro no la pasa tan mal»; son unos bons vivants que revisan las basuras y encuentran de todo para llevar una vida rumbosa: «Todo se recicla, hasta las botellas de vino vacías que recogen mandándose a bodega el resto que pudiera eventualmente encontrarse en el recipiente…». (Sic). (Recomendación a los buenos vecinos: verificar que las botellas que arrojen a la basura estén vacías –sobre todo las de Pommery– no es cuestión de andar fomentando el vicio del populacho).
Gracias al editorial en cuestión, nos enteramos de que la tarea de depredación de los antisociales no para aquí: tampoco tienen empacho en sacar los paquetes de basura de las canastas de alambre, para revisarlos, tomar lo que les pueda servir («algún resto de comida, o botellas»), tirarlo sobre el carro y dejar la bolsa abierta sobre la vereda. (Todo casi sic). Se ve que el colega tiene una fijación especial con las botellas, ¿no?
¿Y qué hacen las autoridades para combatir estas calamidades? Oigamos al preclaro ombudsman, adalid de la prolijidad ciudadana y defensor de los derechos humanos de los caballos: «Que una autoridad pretenda explicarlo con la mera enunciación que ‘es un problema social’ es el índice más elocuente de la resignación ante esta plaga. Son seres humanos, de acuerdo, pero son plaga». (Sic; subrayados nuestros).
¿Han tomado nota, señores gobernantes? Nada de resignación: a combatir a los hurgadores sin piedad. Como diría Catón: ¡Delenda sunt hurgadores!
Y como tal, como plaga que son, habría que ponerlos a ellos a tirar de los carritos, ¿verdad? Claro que al tratarse de seres humanos –como reconoce el matutino con democrática indulgencia–, lo más adecuado sería obligarlos a cambiar de medio de transporte: que remplacen los carritos por modernas camionetas. Al menos se evitarían las deposiciones equinas en plena avenida Brasil… *
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