El Katrina y el colapso social

Los Estados Unidos de Norteamérica han sido, por lo menos desde el fin de la Primera Guerra Mundial, cuando desplazaron a Inglaterra como primera potencia mundial, no sólo la economía más próspera, el ejército más poderoso y la diplomacia más influyente en el planeta.

También ha sido el país que marcó el paso, fijó la agenda política, las modas, y unificó tras su cultura a buena parte del mundo. El modelo de sociedad de consumo, políticamente democrática, innovadora y en perpetua evolución, difundido por todas partes a través del cine producido en Hollywood avasalló arraigadas identidades nacionales de larga data y fuertes respaldos.

Ese proceso pareció llegar a su apogeo con la caída del Muro y la desintegración del Campo Socialista.

El pensamiento dominante extrajo de ese momento histórico algunos paradigmas que se pretendieron eternos y universales. La sociedad norteamericana se reafirmó en su carácter de meta a alcanzar por la mayor parte de las naciones en proceso de desarrollo.

Ubicada en ese singular punto de confluencia de las admiraciones, la sociedad norteamericana venía pareciendo salir airosa de las comparaciones y de los desafíos.

Justamente por eso, cuando se producen episodios del tipo de los que en la actualidad sacuden al Sureste de los EEUU, las reflexiones van más allá que si se tratara de un cataclismo igualmente grave pero que hubiera tenido lugar en alguna de las comarcas pobres o pobrísimas de las que hoy está plagada la tierra.

La reflexión sobre la actitud de la sociedad norteamericana ante el Katrina no se limita a saber si hubo demoras o no en ejecutar los planes de ayuda sino que va más a fondo.

En estos días un filósofo europeo que tiene cierto prestigio académico también en nuestra América latina, Slavok Sizek, ha expresado una reflexión de indudable interés: (en Nueva Orleans) la verdadera conmoción –la desintegración del orden social– se produjo más tarde. Por una especie de acción diferida, la catástrofe natural se repitió bajo la forma de una catástrofe social.

¿Cómo se debe interpretar este derrumbe social? La primera reacción fue conservadora, como de costumbre. Los acontecimientos de Nueva Orleans confirman, una vez más, la fragilidad del orden social, la necesidad de hacer respetar la ley con severidad y la necesidad de la presión moral para impedir la explosión violenta de las pasiones.

En realidad, el caos de Nueva Orleans puso en evidencia la brecha racial que perdura en los Estados Unidos: el 68% de negros pobres y postergados que habitan la ciudad no tuvieron los medios necesarios para abandonarla a tiempo, fueron abandonados sin alimentos y sin asistencia. Por eso, no tiene nada de sorprendente que hayan «explotado». Se debe considerar su violencia como una repetición de los disturbios ocurridos en Los Angeles luego del caso Rodney King, o incluso de las manifestaciones de Detroit y Newark de fines de los 60.

¿Y si, de manera más fundamental, la tensión que llevó a la explosión de violencia no fuera una tensión entre la «naturaleza humana» y la fuerza de la civilización que la controla sino una tensión entre dos aspectos de nuestra civilización? ¿Y si, al esforzarse por dominar explosiones como la de Nueva Orleans, las fuerzas del orden se vieran por el contrario enfrentadas a la «naturaleza» del capitalismo en su forma más pura, a la lógica de la competencia individualista, de la afirmación despiadada del yo, una «naturaleza» mucho más amenazante y violenta que todos los ciclones y los terremotos? *

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