Desaparecidos: una hipótesis de trabajo alternativa
Al modo que Copérnico y otros autores de fines de la Edad Media o comienzos del Renacimiento, me atreveré a exponer públicamente una hipótesis de trabajo. «Para mayor gloria del Creador…» y bienestar de la República. A los muertos, por una cuestión ancestral, se les entierra en cementerios. En términos racionales, maquiavélicos, uno descartaría esta hipótesis. Supondría que los violadores de los DDHH.no tendrían mayores escrúpulos a la hora de acudir a las más variadas técnicas disponibles, para eliminar cualquier rastro. No obstante, ahí está el affaire Berríos, demostrándonos que la «inteligentzia» y «contrainteligentzia» del llamado Proceso, que no cerrara de un día para otro, no fue tan eficaz como uno podría creerla. Errar es humano, incluso entre los más indignos representantes de la especie.
El episodio, perpetrado ya dentro del régimen democrático, resabio del Mercosur del Terrorismo de Estado que supusiera el Operativo Cóndor, lejos de refutar mi hipótesis la confirma. Corrían aún tiempos de transición, de mayor inestabilidad institucional, que ni por asomo se calmaron con la tan mentada y confusa Ley de Caducidad. Los despojos mortales del agente chileno habrían podido ser eliminados… pero no lo fueron. Por cierto, que no le fue dada una «cristiana sepultura», pero al menos se cumplió con esta última ritualidad. Se les dio «sepultura». Un entierro clandestino, pero sepultura al fin.
Uno tiende a suponer que los servicios de «inteligentzia» hacen honor a su nombre, cuando la historia, en especial la del siglo XX, está plagada de fallos inauditos. Vietnam, Bahía de Cochinos, el golpe corporativo-mediático contra Chávez, etc., etc. Más cerca, nos encontramos con los vuelos de la muerte… pero también con los entierros NN. Sobre todo en cementerios del Interior de la hermana República Argentina.
Imaginemos, por un momento, cuál sería el lugar más seguro para ocultar los restos mortales de un fallecido, en medio de una sesión de torturas. En tal o cual Batallón, a alguien se le fue la mano, y provocó el deceso del «interrogado». Esa misma noche habría debido ocultarse el cuerpo, ya sin vida. Hasta encontrar un destino «definitivo» para sus restos. Es aquí es donde los prejuicios y preconceptos pueden llevarnos a equívocos, confusiones, malentendidos, como los que se han estado viviendo durante todos estos meses. Muy probablemente algunos de los desaparecidos hayan estado transitoriamente enterrados en bolsas forenses, en campos de las unidades militares más frecuentemente aludidas, pero no tiene sentido que hayan permanecido allí por tiempo indefinido.
Al día siguiente o días siguientes al deceso del infortunado prisionero, los mandos debieron disponer la destrucción de esos despojos mortales (para lo cual no faltan técnicas) o su «formal» enterramiento en otro lugar, necesariamente ajeno a una unidad militad, por la misma «lógica de los hechos». ¿Dónde mejor que en un cementerio, en especial del interior? Supongo que en ningún otro sitio… máxime si se tiene en cuenta que los gobiernos departamentales habían sido sustituidos por intervenciones militares. El cadáver de Eva Duarte confirma esta tesis.
Así, por ejemplo, hasta donde me consta, habría ocurrido en el cementerio de Trinidad hacia fines de enero y principios de febrero de 1984. Allí existían más tumbas NN que traslados y defunciones dentro del Departamento. Sumados, las cuentas no cerraban. Me arrojaban un sugestivo resto. No bien hube informado del mismo a un notorio militante wilsonista, íntimo amigo, con quien habíamos recorrido gran parte del Cono Sur durante el 78, aportándole las fotocopias demostrativas de tal diferencia, recibí -días después- una respuesta inaudita. Aquí, según me informara el escribano Croce, el profesor Pivel Devoto le transmitió que nos quedáramos tranquilos, pues no habían existido desaparecidos en Uruguay. Esa era cosa que sólo había ocurrido entre los argentinos (sic).
Volviendo a lo atávico que tiene la muerte, toda muerte, me viene a la memoria la mitología griega, con el trágico ejemplo de Antígona. Al fin y al cabo, en la antigüedad griega era un deber ineludible enterrar a los difuntos, so pena de que sus almas se vengaran, vagando por este mundo hasta no recibir sepultura ni rito funerario.
Si bien esta pauta nunca llegó a estar teóricamente tan generalizada como en la actualidad, pues excluía a los ladrones de templos, suicidas, delincuentes ajusticiados y en ciertos casos a la soldadesca del enemigo para que sirviera de escarmiento a las tropas adversarias, ni siquiera el Gran Alejandro le negó honores fúnebres al Rey Darío.
Esto me trae a la memoria otro artículo para LA REPUBLICA, que no se publicó por la veda electoral pasada, en donde relativizaba el concepto que tenemos de «Guerra Interna», por más ley que la declarara. Se trata de un absurdo jurídico y político, puesto que aquí nunca se llegó a esa imaginaria especie de «Guerra Civil»… La última culminó en 1904, con 30.000 bajas.
Mientras terminaba este artículo, me entero de los «recuerdos» de algún alto oficial de nuestras FFAA, parcialmente coincidentes con esta hipótesis de trabajo. Por desgracia, no saqué otro juego de fotocopias a las que tuviera acceso en razón de mis funciones, perdiéndose ellas vaya uno a saber dónde. Saturno, en conjunción con Marte, no resultaban aún tiempos propicios como para retener tales documentos…
Como tengo no pocos testigos de estos comentarios, me aventuro a proponerla como una hipótesis de trabajo alternativa. Los magros resultados obtenidos hasta la fecha, unidos al rechazo de la Comisión para la Paz de escuchar cualquier opinión divergente con sus prejuicios y preconceptos, a los que se suma mi largo ostracismo, me fuerzan a hacerla pública. Partamos reconociendo, con modestia, que ella no caló tan hondo como su similar de Sudáfrica o la presidida por Sábato. *
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