Priorizar a la gente antes que a "Harvard"
El ansia de cambios opera en muchos de nosotros como un disparador que estaba contenido y que de pronto fue accionado sin tener muy claro a qué apuntamos y cuál es el fin. Queremos que todo cambie y nos molesta todo. Desde las jubilaciones que percibimos hasta el estado de la vereda por la que pasamos hace más de cincuenta años y que siempre estuvo igual. Pretendemos que todo cambie, ahora, ya. Es que acumulamos desesperanza durante mucho tiempo y ahora no admitimos negativas. Ahora exigimos que el país que gradualmente fue precipitándose durante tanto tiempo, emerja ya, y en ese afán de ver todo arreglado no nos interesa la justificación de la falta de recursos, de que todo proceso debe tener su tiempo o que el deterioro es tan grande que hay situaciones casi irreversibles.
Entonces tomamos los programas de gobierno, las declaraciones del 1° de marzo y los deseos que en forma de máxima, son repetidos una y otra vez en las ruedas de prensa.
La buena disposición de cambiar aflora en cada manifestación de quienes integran este gobierno. Pero todo se torna muy lento, cada vez más lento y en algún lugar como en el Ministerio de Economía y Finanzas, el tiempo se ha detenido y no ha llegado al 1° de marzo. Tan es así que los únicos halagos audibles hoy para el Cr. Danilo Astori, son los que surgen de tiendas blancas y coloradas, justamente, los que nada cambiaban.
Por ello, la desesperación por el cambio prometido es más veloz, y lo es justamente porque existe el temor de que, vistas las «patas de la sota», tal vez nada cambie, según el pensamiento de muchos uruguayos.
La credibilidad en el Presidente de la República es mucha. Pocos gobiernos han llegado a esta altura del mandato conservando el índice de popularidad y confianza del Dr. Vázquez a pesar de que los antecesores han sido la continuidad sostenida de gobiernos de distinto color pero de iguales procedimientos e incluso integraciones.
Todo se hace muy costoso, demasiado. Si el Ministerio de Economía decide pisos y techos de los consejos de salarios, si sigue restringiendo el sistema de seguridad social, si prioriza los compromisos ante los organismos financieros internacionales, habrá ganado «Harvard».
Si el Presidente Vázquez reafirma su compromiso de aplicar el programa de gobierno que la mayoría apoyó y decide que debe haber una ley de fuero sindical aunque a las patronales represoras no les guste, que debe existir un Sistema Nacional de Salud y terminar con el repugnante mercantilismo del mal llamado sistema «mutual», si decide que se terminen las empresas «negreras», traficantes de servicios tercerizados donde un trabajador tiene hasta tres patrones y a la hora de pagarles todos se lavan las manos, si decide que el privilegiado círculo exportador pague los aportes a la seguridad social y no se les premie aún con la devolución de impuestos, si decide que la pobreza no es solamente un número que sale de los estudios de sociología, ahí sí, seguramente se confiará en que los cambios serán una realidad y el único vencedor será el pueblo. Pero es necesaria la comunión de los compromisos asumidos por todos. La ciudadanía intentando comprender lo difícil que es revertir situaciones que están «fosilizadas» y el gobierno tratando de medir las circunstancias con un agudo «ojo de pueblo». No es lo mismo decirles a los jubilados que no hay recursos para devolverles la prima por edad, de la que se está apropiando el Estado desde hace 26 años, que preocuparse por los 2.000 millones de dólares que habrá que desembolsar para el pago de intereses de la deuda externa en los próximos dos años. La gente sabe que hay procedimientos distintos, que por ejemplo no hay un presidente oligarca que se jacta de que a él no le «ganaron ninguna huelga», es al revés, los gobernantes van a buscar a los huelguistas, incluso a los que nunca acompañaron a nadie en una movilización y ahora son «muy sindicalistas», para dialogar con ellos, mostrarles las cuentas, asumir compromisos, cosas que antes no pasaba. Y todas estas cosas hay que valorarlas. Es cierto que hay inquietud, pero sería obrar con ligereza comparar a un gobierno que, aún habiendo realizado menos de los que esperábamos, no puede compararse a los exportadores de hijos y nietos a los que muchos de nosotros ven o conocen por Internet.
La esperanza debe mantenerse latente y por sobre todo debemos valorar actitudes a la vez que reclamamos lo que nos corresponde.
Siete meses para arreglar un desaguisado de 50 años es muy poco tiempo; claro, tampoco las esperas deben ser eternas. Dentro de poco sabremos si para los gobernantes está primero «Harvard» o la gente. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad