El "Dámaso" es más que un edificio y una nostalgia

El Liceo N° 3 «Dámaso Antonio Larrañaga» de la calle Jaime Cibils está cumpliendo 75 años y 50 en su actual emplazamiento.

Integré la primera generación del nuevo edificio. En setiembre-octubre de 1955 se trasladó desde su antigua ubicación en la Calle Paysandú a la actual. Ingresé a 1° de Liceo en marzo de 1956, por lo tanto soy de la generación que comenzó la Secundaria en el nuevo edificio. Egresé en diciembre de 1959 habiendo terminado 4° año. No había «Preparatorios» allí, en esa época, por lo cual debí trasladarme al IAVA, único Preparatorios público de la época.

El ingreso al querido Dámaso fue una decisión personal luchada contra la obstinación de mis padres y el grupo de mis compañeros de la Escuela Pública «Alemania», de la calle Vilardebó, de querer pasar en bloque al Liceo N° 8. Según nos decían en Secundaria era el que nos correspondía.

Aún creo que esta fue la primera decisión personal importante que tomé en mi vida. Lo vivo y siento así y no me arrepiento, más aun, creo que fue un momento fuerte en el pasaje de la niñez a la adolescencia.

Hoy el Dámaso necesita urgentemente recuperar su edificio, esto es muy importante.

También es un momento de nostalgia para quienes somos sus ex alumnos. La palabra nostalgia viene del griego y se relaciona con pena y pérdida. Es inevitable, pero lo saludable es recuperar la energía de este sentimiento para dinamizar el presente y rescatar lo mejor del pasado para actualizarlo.

En este sentido recupero del viejo «Dámaso» la figura del Director Rogelio De Pró. Integró con su sucesor el profesor Sales, y otros directores de la época como Saxlund, una estirpe de hombres con formación excelente, liderazgo y capacidad de gestión que dieron un extraordinario impulso a nuestra educación secundaria.

La figura y función del director de Liceo es una clave que debemos recuperar en este momento de cambios en la educación.

Estos hombres tenían una incidencia significativa con los docentes a quienes retenían en sus liceos completándole horarios e impidiendo que migraran año tras año. Sus docentes los reconocían y apreciaban. Ellos mismos duraban largos períodos en sus direcciones.

Dedicaron especial atención a la formación y permanencia de sus adscriptos. Aún hoy es de referencia la «doctrina» del profesor Ubillos sobre la tarea, función y perfil de los adscriptos.

Estos docentes, o estudiantes avanzados, eran prolijamente seleccionados y actuaban directamente con el director. Cada uno tenía un máximo de cuatro grupos (de 41 alumnos c|u). Conocían sus nombres, rendimiento e inclinaciones intelectuales o artísticas. Los acompañaban en las horas de ausencia de los docentes (muy pocas), donde se desarrollaban conversaciones o tareas de formación general, incluidos los valores éticos y ciudadanos.

La biblioteca era un lugar significativo en la institución. Los laboratorios estaban relativamente bien equipados, recuerdo la participación de algunos alumnos voluntarios en tareas internas de limpieza y ordenamiento.

Había algunos docentes que completaban su horario en el Liceo permaneciendo a disposición de los alumnos en lo que se llamaba «Academia» o «Club».

La educación física tenía dos instancias semanales, una en el gimnasio y la otra en la Pista de Atletismo.

Los aspectos de «modernidad» del edificio son conocidos, pero no es lo que me interesa rescatar aquí, sino los aspectos pedagógicos y «clima educativo». En este sentido el director, los adscriptos y los profesores tenían una disposición común y acordada en cuanto al cumplimiento de las normas de convivencia (disciplina).

En más de veinticinco años como director de Liceo habilitado recuerdo aquellos logros de la educación oficial como inspiradores y permanente referencia.

Recuerdo que los estudiantes (la Asociación) hacíamos uso de un salón (el 17) en el segundo piso, donde quemábamos horas de apasionadas discusiones.

Los docentes nos hablaban de la «explosión en la demanda de matrícula» en los liceos y aquello se palpaba. Teníamos conciencia de los escasos recursos y empezaba un atisbo de lo que luego fue el «malestar docente».

La dictadura y otras circunstancias internas terminaron con aquella experiencia y otras de la educación secundaria. Hoy a 50 años todavía estamos removiendo escombros en las ruinas. Es hora de «sacudir la melena» y dedicarse intensamente a los problemas pedagógicos y docentes que tenemos planteados.

Se puede y se debe.

Se trata de hacer cambios en la realidad, no sólo en el discurso. *

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