La fábrica del miedo
¿Se puede estar contra la ley de humanización de las cárceles? Se puede. Ahora, ¿se puede desear que esos hombres y mujeres liberados no se adapten a la sociedad y se quiera que vuelvan a delinquir? Se puede, pero eso es una barbaridad.
Ayer preparé el mate y me puse ante el televisor para ver la liberación de 12 presos, número común en la mayoría de los días, cuando no había ley.
Toma en primer plano de la cara del primero en cruzar hacia la libertad, toma un poco más abierta para que se le reconozca el cuerpo y la forma de caminar, micrófono abierto, todo válido. Pero ese hombre que recobraba la libertad perdía su intimidad en ese mismo instante. Mañana, cuando vaya al almacén no le venden ni fósforos.
Durante la dictadura los presos políticos salían con el pelo cortado, bien rapaditos. Quedaban marcados y prontos para ser aislados. Ahora los filmamos, para que también sean aislados. La condena es de por vida.
Ya sé lo que me van a decir: «El tipo estaba preso por homicidio», aunque él dice que fue en defensa propia. Vamos a no creerle eso de la «defensa propia», pero la verdad de la verdad es que su libertad se adelantó sólo cuatro meses.
Pero hay más, no se vaya. El canal se manda la jugada genial: manda una periodista con cámara a la casa de la hermana del hombre que fue muerto por el liberado. La hermana, muy dolorida –como no podía ser de otra manera– acepta una entrevista pero dándole la espalda a la cámara.
–¿Siente angustia, bronca o impotencia?, pregunta la periodista.
–Sí, es la respuesta. ¿Podía ser otra?
–¿Por qué no muestras tu rostro?, es la otra genialidad de la colega.
–Es que tengo miedo, porque el que mata una vez sigue matando, responde la hermana, mientras la cámara toma la foto de su hermano, un hombre joven, de linda sonrisa, vestido de uniforme militar. A la periodista no le parece ni un poco exagerado esa afirmación de que «el que mata una vez sigue matando». Por eso no repregunta.
El show ha quedado montado.
El miedo corre por las calles nocturnas, las abuelas cierran las puertas, los pájaros emigran, los perros lloran, se me congela la sangre en las venas y siento que a los presos no sólo no hay que liberarlos antes de cumplir la pena, sino que deben estar encerrados de por vida. Siento que el mundo es una mierda y se me hace mucho más mierda porque seguramente debe de haber alguien que quiere que uno de esos liberados me lastime.
El liberado está perdido. Algunos medios de comunicación lo «electrocutaron», como a los condenados a muerte que van a la silla eléctrica, mientras los familiares de la víctima presencian cómo su cuerpo despide humo. *
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