Deuda y desarrollo
«El texto no estaba equivocado, la realidad le dio la razón. El contiene una pregunta esencial: ¿el subdesarrollo es una etapa en el camino del desarrollo o es la consecuencia del desarrollo ajeno? Un niño y un enano se parecen, pero no son la misma cosa. No estamos viviendo la infancia del capitalismo, somos un producto deformado del desarrollo ajeno. No hay ninguna riqueza que sea inocente de la pobreza de los otros. El abismo que separa a los que tienen de los que necesitan es mayor ahora que cuando escribí el libro.»
Eduardo Galeano, entrevistado el pasado miércoles por el diario El Estado de San Pablo, al cumplirse 35 años de la publicación de Las venas abiertas de América Latina
En estos días se celebra también el aniversario de otros análisis sobre la situación de América Latina, realizados en el Foro sobre la deuda en La Habana en 1985.
En aquella oportunidad, resumiendo lo aportado en varios días de trabajo, con delegaciones de decenas de países latinoamericanos y de expertos internacionales en los temas del endeudamiento, Fidel Castro realizaba un pronóstico al que, como en el libro de Galeano, se podría afirmar que la realidad le dio la razón.
Al mismo tiempo, la Intervención realizada por Atilio Boron, en el Encuentro Mundial de Resistencia y Alternativa a la Deuda Externa, Social y Ecológica, realizado en La Habana, entre el 28-30 de Septiembre, expresa con elocuencia: «¿cómo desconocer que la deuda externa se ha convertido en un gigantesco tributo neocolonial que los países de la periferia abonan a las burguesías y gobiernos del centro del sistema? Por eso la renegociación de la deuda se ha constituido, tanto como el cobro de sus servicios, en una de las principales fuentes de ganancias del capital financiero. Este hecho desnudo queda oculto, sin embargo, por la cantidad impresionante de prejuicios, «mentiras que parecen verdades» y datos amañados que permanentemente presenta la «prensa especializada» disfrazada de información objetiva y veraz.
Así se escucha con frecuencia decir que si el Tercer Mundo no pagara su deuda se produciría un cataclismo financiero internacional que arrojaría la economía mundial a una depresión peor aun que la de los años treinta. Esta imagen catastrofista y extorsiva contrasta brutalmente con los sobrios datos que expone Eric Toussaint y que demuestran que las naciones de la periferia son responsables por apenas un 10 por ciento de la deuda externa del planeta, y que los gastos militares de poco más de dos años alcanzarían para cancelarla por completo. (…)
En realidad, la deuda ha sido uno de los mecanismos favoritos de la gran burguesía financiera internacional para asegurarse ingresos estables, gestionados políticamente por sus gobiernos con el auxilio de sus perros guardianes del FMI y el BM. Estas ganancias les permiten construir una red de seguridad financiera que los faculta para encarar operaciones de alto riesgo, contando con el seguro respaldo de las suculentas ganancias garantizadas por la intervención directa de las potencias capitalistas al exigir el pago de los servicios de la deuda externa, promover la interminable renegociación de la misma y al imponer las fatídicas «condicionalidades» que potencian la rentabilidad de todas sus operaciones en la periferia del sistema.
Por eso es imprescindible seguir librando esta crucial batalla de ideas, a la que hace ya mucho nos convocara Fidel. El imperialismo ha quedado huérfano de ideas, y nunca tuvo valores. Sólo le quedan las armas. Y en su célebre alegato luego del fallido asalto al Cuartel Moncada, Fidel decía al respecto, citando a Martí, que «un principio justo desde el fondo de una cueva puede más que un ejército.»
El imperialismo podrá prevalecer por las armas, pero al no tener más ideas ni valores su victoria no será duradera. Bien lo anotaba, hace casi dos siglos y medio, un gran filósofo, Jean-Jacques Rousseau, al comentar que: «Si Roma y Esparta perecieron, ¿qué imperio puede aspirar a perdurar eternamente?» La Roma americana seguramente no habrá de desmentir la sabiduría del filósofo. *
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