La injusta economía chilena
Es común oír hablar a políticos y economistas que defienden el modelo económico libremercadista de los éxitos obtenidos por Chile, país que aplica, desde que estaba gobernado por la junta presidida por Pinochet, las recetas del neoliberalismo. Incluso se hace hincapié en el hecho de que los gobiernos democráticos que sucedieron a la dictadura militar no se apartaron de la senda trazada y siguieron manejando la economía de acuerdo con los parámetros neoliberales.
El caso de Chile es presentado como ejemplo exitoso de la aplicación de la doctrina de Mont Pélerin y algunos no vacilan en hablar del «milagro chileno». Digamos de paso que quienes ensalzan los logros de la economía chilena soslayan los desastrosos resultados que el mismo modelo produjo en Argentina y se aferran a los indicadores macroeconómicos que exhibe el país trasandino pues es quizás el único caso que pueda servirles de ejemplo.
Tonto sería negar el crecimiento de la economía chilena en los últimos tres lustros: los distintos gobiernos han logrado mantener el equilibrio fiscal; se verifican signos de desarrollo; la inversión continúa a un ritmo adecuado.
Ahora bien. Informaciones recientes provenientes de allende los Andes señalan que en el último año se ha producido un notorio aumento de la delincuencia. Los delitos contra la propiedad –en los que se incluyen robos, asaltos callejeros, arrebatos, rapiñas, etcétera– se incrementaron en una cifra cercana al treinta por ciento. Al mismo tiempo las empresas encuestadoras coinciden en señalar que una de las mayores preocupaciones de la población es la falta de seguridad. El problema, obviamente, no es privativo de aquel país pues bien sabemos que prácticamente en todo el mundo (el desarrollado y el subdesarrollado) se vive una sensación de inseguridad en razón del auge de la delincuencia en sus más variadas formas.
La mayoría de los robos y asaltos callejeros son protagonizados, cada vez con mayor frecuencia, por menores.
Es explicable que el aumento cuantitativo y cualitativo de la delincuencia genere temor e inseguridad y que haga aumentar el reclamo de medidas tendientes a combatirla. Es así pues que, con una especial contumacia, ante el recrudecimiento del fenómeno, aparece la única respuesta de parte del sistema: la respuesta represiva.
Pero si consideramos que el aumento de la delincuencia tiene que ver con delitos contra la propiedad, fácil es concluir que ese auge de la actividad delictiva tiene su origen en una situación económica de crisis profunda
Mientras toda la población (la publicidad llega a todos los estratos) es sistemáticamente bombardeada con exhortaciones al consumo, una buena parte de esa misma población, excluida de los beneficios del crecimiento económico, carece de los medios para satisfacer las incitaciones a consumir. He ahí una profunda e indignante contradicción: se promueve el tener objetos materiales y al mismo tiempo se niegan a muchos los medios lícitos para obtenerlos. Entonces, ¿cómo sorprenderse de que haya quienes busquen otra manera –medios no aceptados socialmente– para satisfacer la sed de consumo generada por el propio sistema?
Las noticias provenientes de Chile vienen a confirmar la falsedad de los postulados neoliberales según los cuales el crecimiento se reflejará en el bienestar de todos. El ejemplo chileno demuestra que, inevitablemente, el modelo de crecimiento adoptado implica mayor concentración de la riqueza y mayor exclusión social.
Es imperioso cambiar ese modelo económico e implementar políticas sociales de reeducación y reinserción de los infractores. De lo contrario, la usina generadora de miseria y delincuencia seguirá funcionando a pleno, y nos consta que el gobierno del presidente Lagos y el de su segura sucesora, Michelle Bachelet, lo van a encarar con ánimo para revertir esta injusta situación. *
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