Yo quiero elegir mi vida, ¿y usted?

Recientemente el ministro José Mujica ha vuelto a lanzar al ruedo su idea de limitar el ingreso a las Facultades de Derecho y Medicina y, además, estimular el ingreso a las Facultades de Ingeniería y Ciencias. Esta propuesta, aparentemente inofensiva e indudablemente bienintencionada, entraña, sin embargo, una concepción de sociedad muy particular, que nos proponemos analizar en el presente artículo.

La idea de limitar el número de médicos y abogados surge de la percepción de que hay «demasiados», mientras que de otras profesiones, como científicos e ingenieros, habría «muy pocos». Por lo tanto, sería deseable que nuestro país tuviera más científicos y menos burócratas. Aunque personalmente compartamos esta apreciación, cabe preguntarse, muchos o muy pocos ¿según qué criterio? Si los salarios de los científicos fueran, en promedio, superiores a los de los abogados tendríamos un argumento: la sociedad, expresada a través del mercado, valora más a los científicos. Este no es el caso, por lo tanto la pregunta sigue en pie.

Si no nos gusta el mercado, que después de todo es un invento de los «neoliberales», nos queda la opinión del gobierno, o de algún consejo cuyos miembros son elegidos por el gobierno, lo que viene a ser lo mismo. Entonces, a través de los distintos instrumentos a su alcance, el gobierno intentaría alcanzar su visión de sociedad. En este caso, el gobierno limita el ingreso a algunas facultades y estimula el ingreso a otras, de forma que la sociedad tenga más profesionales de los que se desea y menos de los que no. Tendremos más científicos, y por lo tanto podremos hacer más investigación y desarrollo científico, y más ingenieros, y por lo tanto más industrias. Llegaremos así al «país productivo».

La argucia que hemos desarrollado hasta aquí merece algún comentario. Tal vez sin darnos cuenta estamos aceptando que el gobierno planifique la sociedad y, en consecuencia, la vida de cada uno de nosotros. Si el gobierno elige cuántos médicos puede haber, le estará impidiendo a algunas personas seguir su vocación y las estará obligando a dedicarse a otras actividades que no desean. Los jóvenes de familias con recursos podrán estudiar medicina en otros países, los de familias pobres se joroban. La planificación social, más allá de lo bellas y fantásticas que sean las utopías que nos proponen, puede destruir la vida de las personas. Sin dudas termina con la libertad individual y la posibilidad de la realización personal.

También podríamos preguntarnos por qué la sociedad habría de seguir la visión de aquellos iluminados que creen saber qué es lo mejor para los demás, en vez de dejar que cada persona construya su propio destino. La cuestión de fondo es la concepción de ser humano que tenemos. Si pensamos que las personas son simplemente medios para alcanzar otro fin superior, pero ejemplo, la utopía socialista, estaremos a favor de la planificación social. Si pensamos que cada persona es un fin en sí mismo, con todo el derecho del mundo a buscar su propia felicidad, estaremos a favor de una sociedad libre. Las personas pueden ser sujetos de derecho o el combustible de proyectos megalómanos.

Una observación final. Muchas veces personas con sinceras convicciones democráticas apoyan ideas totalitarias por no comprender a cabalidad las verdaderas implicaciones que estas conllevan. Antes de apoyar cualquier iniciativa deberíamos fijarnos si, en aras de algún fin deseable, no estamos pagando un precio excesivo, o peor aún haciendo pagar un precio excesivo a otras personas. Como tantas veces nos recordara Don Miguel de Unamuno, el fin no justifica los medios. El fin nunca justifica los medios. *

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