Las malas artes de los enemigos del cambio social
Como ocurre desde hace ya muchos decenios, el curso de la contingencia política, económica y social de Argentina parece anticipar y presagiar, si no toda, buena parte de lo que será la nuestra. Ya sea como anticipo, ya sea como marcada bifurcación, la peripecia argentina nos interesa y nos permite comprendernos un poco más a nosotros mismos como pueblo.
Tomemos como referencia la campaña desatada por las derechas uruguayas con relación a la línea de actuación que viene desarrollando el Ministerio de Interior, con su objetivo central de humanizar la acción policial en todos los terrenos.
La utilización malsana y alarmista de una línea que se caracteriza por su legalismo y apego a la Constitución y el respeto a los Derechos Humanos, parece inspirada en los mismos supuestos y premisas con que en Argentina las derechas de todo pelo (pero unidas en lo sustancial) procuran obstaculizar cualquier avance en un sentido progresista.
¿Cuál es el origen de la violencia social que sacude a la Argentina?
Los mismos que generaron el crecimiento vertiginoso de la marginalidad en Uruguay: las políticas de desindustrialización, de privatizaciones, de entrega de toda clase de prebendas a las empresas multinacionales que se apoderaron del tramo mayor del excedente económico argentino.
A ese ciclo iniciado con Martínez de Hoz en plena dictadura militar, le siguió otro de igual signo presentado tras las máscaras del peronismo, el menemismo, un verdadero flagelo para cualquier proyecto de fortalecimiento de la democracia y hasta de la misma subsistencia de las instituciones democráticas.
A diferencia de nuestro país, donde la unidad de los trabajadores en una central única permitió el desarrollo de líneas de acción coherentes, desde un liderazgo pluralista y de izquierda, en Argentina, una gran masa obrera se desperdigó social y gremialmente.
Al mismo tiempo, la debilidad de las alternativas políticas llevó agua al mismo molino: la disgregación político ideológica de la izquierda y de los sectores progresistas que tendieron a diluirse en el vertiginoso y conflictivo desarrollo del peronismo en el gobierno.
Las organizaciones sociales gestaron nuevas y complejas formas de presencia política y surgieron formas nuevas, llenas de riesgos, de movilización popular.
El desarrollo del movimiento piquetero es el resultado entonces de la interacción de una bancarrota económica y social sin precedentes, de una disgregación sindical que debilita a los trabajadores y de la desorientación de buena parte de las izquierdas, incluyendo a la peronista, para encontrar formas de acción común y levantar una alternativa propia.
En ese lugar se ha instalado con bastante soltura el presidente Néstor Kirchner, que ha sorprendido buena parte de los principales actores políticos argentinos: mientras intenta un proceso de redistribución de la renta que avanza a paso de tortuga, con gran insatisfacción social, no cae en las trampas de las seudosoluciones represivas para asumir el fenómeno piquetero. Y busca diálogo donde otros gobiernos argentinos de toda la historia hubieran recurrido a la represión.
Es de esperar que los factores anunciados permitan favorecer en Argentina un fortalecimiento de las organizaciones populares, sean del signo político que sean, y que las derechas no usen la crisis social por ellas creada para alimentar alarmas y frenos que podrían ayudar a encaminar al país en senderos de progreso social y democracia verdadera. *
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