La historia que no nos contaron

Me impulsa a hacer esta nota un homenaje que se le hiciera a Rivera. Todo esto que se escribe tiene sentido si todos o la mayoría quiere saber que realmente hubo otra historia, una historia que no nos contaron en la escuela, por lo menos a mí, que refiere a los primeros desaparecidos del Uruguay: los traicionados, los engañados, malamente utilizados y cruelmente asesinados, hombres, mujeres y niños sin piedad, ya que de otra manera no podían con la nación Charrúa.

Quisieron desterrarlos a la Patagonia pero no lo permitió su bravura, coraje y amor por su terruño que no querían abandonar, porque era propio y sentían cariño por su terruño.

Algunos estamos dispuestos a no permitir más que la auténtica historia charrúa yazca todavía oculta y perdida en el tembladeral de nuestra historia. La criminalidad y latrocinio de los riveristas sembraron en algunos historiadores complacientes un tembladeral de ambición que les nubló la mente, porque solo hicieron llegar pequeños fragmentos, narrados desde la complicidad de los laderos de Fructuoso Rivera.

Dice mi amigo, el historiador, escritor y poeta Roberto Saly Torres, de los charrúas: «Envidiaría el puma su valor y su sigilo, y en la muerte del pájaro, el indio copiaba la heroicidad de su silencio y caía sin quejas por el destino quizás con un temblor de plumas del penacho, acariciado por las brisas que suelen soplar en los escenarios de guerra».

Cuando José Artigas emprende su lucha independentista, los charrúas entienden con mucha inteligencia que la lucha era contra un enemigo común, y fueron un formidable aliado; morían sin ningún quejido, en silenciosa agonía, por su bravura.

Lo que no pudo el conquistador desde la cruel percepción de su superioridad racial europea –con la complicidad y oscurantismo religioso y medieval español de algunos curas, que acompañaron «bendiciendo», no sólo las muertes, sino la expropiación colonial de este rico continente– lo que no pudo el conquistador en tres siglos (porque según Félix de Azara, los charrúas dieron a los españoles más «trabajo» que los incas y los Moctezuma, lo pudo Rivera el 12 de abril de 1831: los encerró en Salsipuedes y mató a más de 300.

Rivera mandó buscar a los charrúas, les propuso una alianza para hacer una guerra al Brasil. Olvidando agravios y acosados por la miseria, Venado y Polidoro van a entrevistarse con «Frutos» en los montes del Queguay. Frente a la cueva del tigre mil hombres emboscados esperan; Fructuoso trata de amigo a Venado, Bernabé brinda con Polidoro, con chifle de aguardiente como prueba de amistad y confianza, disimulando así perfectamente la traición que están a punto de cometer, según el sangriento principio riverista como cuando siendo oficial artiguista se incorporó al ejército invasor portugués, contra el que había luchado el Protector.

«Emprestame tu mangorrea para picar el naco», dice a Venado; cuando el cacique saca la cuchilla y se la da a Rivera, este vuelca la pistola sobre el indio que con agilidad de puma evita el balazo echándose sobre el pescuezo de su caballo.

Escapan Sepé y Piru, malheridos junto a 80 compañeros, solo 80, de la nación Charrúa.

Rivera no quería dejar testigos del brutal genocidio, y ordena a Bernabé seguir a Sepé y sus guerreros. El 23 de agosto de 1831, en Mataojo Grande, se baten en retirada; tres cruces es donde el gran cacique utiliza la táctica de la guerrilla que utilizó Siti, en 1820 siendo lugarteniente de Artigas: hace de señuelo, aparece y huye hasta que el 20 de junio de 1832 el perseguidor es hecho prisionero. Sepé le recuerda a Bernabé su traición y las muertes de sus bravos compañeros y lo ejecuta.

Esa es la última pelea. Luego el puñado de charrúas mal heridos y desnudos desaparece en la oscuridad.

Hay mucho que revisar para que se pueda eliminar la terrible mentira histórica, y que la verdad florezca definitivamente para mostrar con su verdadero rostro la catadura del autor del genocidio de Salsipuedes. No cabe aquí la duda de cuál es la verdadera historia y quiénes fueron sus auténticas víctimas.

Para que cada uno saque sus propias conclusiones e interprete, quien tenga, con la autoridad que les confirió el pueblo, poniéndolos en distintos cargos para que desde ellos modifiquen lo que hay que modificar, les narro este hecho.

Estando yo en Perú, en la ciudad de Trujillo, visitando las ruinas de Chan-Chan, cuna del imperio Chimu, nos guiaba un hombre joven. Hombre culto, sabedor de la historia, no sólo de sus antepasados sino también de todas las civilizaciones indígenas de América, nos dio una lección no sólo de sabiduría sino también de humildad. Uno de los integrantes del grupo dijo: «mira el atraso, una calle de Trujillo se llama Pizarro, con lo que fue y lo mal que le hizo a este pueblo». El guía lo escuchó y se quedó en silencio, pero más tarde me dijo por lo bajo: «tal vez este señor uruguayo tiene razón»; y viendo yo en su rostro oscuro y no tan curtido como el de sus antepasados, pero demostrando lo que sabía y con mucha picardía y humildad, sacando no su bronca sino una gran verdad, me manifestó: «Uruguay tiene no sólo una calle sino ciudades con el nombre de Fructuso Rivera, que terminó con una civilización bravía y noble». Qué lección de recordatorio.

Nada quedó, o muy poco, de la gran Nación Charrúa. Mucho, demasiado, del que cometió uno de los mayores crímenes en la historia urguaya: Fructuoso Rivera. *

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