Un lugar para los jóvenes

En su discurso del 1 de marzo luego de asumir la Presidencia, el doctor Tabaré Vázquez abogó por un país en el que, entre otras cosas, «ser joven no sea sospechoso». Lo que podría parecer una «boutade» es, por desgracia, una realidad en la sociedad uruguaya de hoy.

Entre los múltiples desafíos que enfrenta el nuevo gobierno, mezclada con reclamos de índole salarial, discrepancias sobre la interpretación de la reforma del agua o a propósito del tratado de inversiones con EEUU, divergencias en cuanto a la solución al problema del endeudamiento interno y varios etcéteras más, la situación en los centros de reclusión del INAU emerge con inusitada virulencia como para llamar la atención de la comunidad –y de las autoridades– sobre una realidad que el gobierno habrá de encarar con urgencia.

Urgencia porque la situación se ha vuelto límite y los menores infractores ya no soportan las condiciones a que están sometidos; y también, porque la fuga de jóvenes delincuentes (algunos de ellos de extrema peligrosidad) profundiza la sensación de inseguridad que vive el ciudadano común.

Como sosteníamos en un editorial del 22 junio, «una de las tareas prioritarias del gobierno –del actual y de cualquier otro– es la de rediseñar políticas de Estado respecto de la minoridad infractora. La delincuencia en general –y la delincuencia juvenil en particular– no son fenómenos de hoy (las correccionales de menores existen desde hace mucho tiempo en todas las latitudes), pero a nadie escapa que, por lo menos en Uruguay, en los últimos años el problema ha adquirido características alarmantes por su crecimiento exponencial y por la índole de los delitos cometidos.

Ese descalabro social, esa fractura en la sociedad que hoy nos sacude, es el producto de casi veinte años de gobiernos que, aunque democráticamente electos, aplicaron con entusiasmo un modelo de crecimiento económico que inevitablemente conduce a la miseria de los más. Es el modelo que abrazó e impulsó el gobierno cívico-militar y que las administraciones democráticas que lo sucedieron continuaron aplicando. Por algo se decía, ya en 1984, que los partidos tradicionales representaban el continuismo; desde luego que no el continuismo de la barbarie dictatorial pero sí el continuismo económico.

El desempleo y el bajo nivel salarial –o, si se prefiere, la caída del poder adquisitivo del salario real– son dos factores que están en el origen de la fractura social; luego viene la catarata de males sociales: deserción escolar, crisis de la familia, pérdida de valores, graves problemas de vivienda, falta de una correcta atención sanitaria y varios etcéteras que conforman esa realidad social insultante.

Ahora bien, es preciso no caer en esquematismos y tener en cuenta que la violencia está instalada en la sociedad independientemente de las cuestiones económicas. Sucesos reiterados en liceos públicos demuestran que los jóvenes de hoy han encontrado en la violencia y en la agresividad la única forma de relacionarse, desnudando así otra faceta social no menor y que será preciso analizar y corregir con cierta premura. Estamos hablando de la falta de lugar, la falta de espacios y de perspectivas para los jóvenes de que adolece la sociedad actual. Las querellas generacionales siempre han existido, pero nunca como hoy es tan palpable la brecha y la incomunicación entre jóvenes y adultos».

Nunca como hoy se advierte un tan claro rechazo de parte de los jóvenes hacia el mundo que los adultos les ofrecen.

No está mal que se haya instalado una comisión investigadora en Diputados sobre el funcionamiento del INAU en general y sobre los últimos motines en algunas de sus dependencias. Esperemos que, además de establecer responsabilidades, de ese debate surjan iniciativas factibles no sólo para mejorar la gestión del INAU sino, también, para diseñar políticas sociales referidas a la juventud, de modo de rescatar ese grupo etario del escepticismo y del descreimiento. *

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