Hora de la verdad, fin de la mentira
El cúmulo de información difundida en las últimas horas acerca del avance de las investigaciones sobre desaparecidos marca un antes y un después en la vida del país.
Un antes y un después que no parece haberse aquilatado en toda su dimensión.
A menudo, bajo la forma de «encasillar» un tema, se reduce su alcance, se le quita su fermento espiritual, su significación ética más profunda, se lo confina a un ítem más de la agenda política que tiene que enfrentar un nuevo gobierno.
¿Se podría considerar que es sólo una cuestión de «derechos humanos»(o lo que normalmente se suele entender como derechos humanos), el pasaje de la vida institucional de un Estado de los tiempos de la mentira a los tiempos de la verdad?
El reinado de la mentira, el ocultamiento, el pacto mafioso que unió entre sí a los responsables de los crímenes más repugnantes, ese tiempo de la mentira ¿proyectaba su sombra ominosa sólo sobre la cuestión de la desaparición forzada de personas, el robo de bebés, los asesinatos políticos?
No. El tiempo de la mentira empañaba a la sociedad toda. La falta de credibilidad en los gobiernos desmoralizaba al conjunto de nuestra ética colectiva como nación.
Hoy, entre los que comentan la situación, se oye continuamente la expresión «por fin se dará vuelta la página con este asunto».
¡Pero si este libro se acaba de abrir!
¡El nuevo gobierno, presidido por el Dr. Vázquez, ha abierto este libro! Y para pasar las páginas habrá que leerlas.
Comprobar, por ejemplo, ahora que empezamos a saber la verdad, los mil mecanismos que operaron del ocultamiento.
Un ocultamiento que empezaba en la voluntad del Poder Ejecutivo, especialmente del Dr. Julio María Sanguinetti, príncipe de la impunidad, alentador y garante del pacto mafioso de silencio.
Y de Lacalle y de Batlle. De ahí nació el sistema del ocultamiento y la práctica de la mentira.
Pero sería un grueso error considerar que esto es sólo un asunto del alto mando militar o del grupo de tareas que llevaron a cabo los crímenes, respaldados por los dictadores primero y por los «presidentes democráticos» después.
La verdad sobre María Claudia y sobre los obreros asesinados en el Boiso Lanza es una luz enceguecedora. Bajo esa luz hay que mirar de nuevo toda la historia reciente del país. Mirar, por ejemplo, la apatía y la complicidad de algunos jueces y de algunos fiscales, dóciles a la proyección en democracia del poder de la dictadura.
Mirar con atención las declaraciones de los políticos, predicadores de la resignación, reproductores de la mentira, esparcidores del miedo, cómplices descarados de la impunidad.
Una luz potente y casi enceguecedora con la que habrá que mirar los dictámenes apaciguadores de los cientistas sociales, las palabras reconciliación emitidas desde los púlpitos, inconcebible reconciliación entre los hijos lacerados de las víctimas conocidas y sus verdugos anónimos.
A la luz de lo que nos muestran las verdades de hoy habrá que releer las tapas de los diarios y distinguir entre aquellas como las de LA REPUBLICA, que no cesó un solo día a lo largo de los años en hacer sonar las llamadas de alerta contra la mentira y la impunidad y las de los otros periódicos, o compendios informativos, que subestimaron o ignoraron la larga lucha que se libraba en pos de la verdad.
Los hechos de hoy, sencillos en su racionalidad republicana, impulsados por el Dr. Tabaré Vázquez, van mucho más allá que la puesta en conocimiento público de estas verdades, dolorosas y traumáticas.
El país tiene derecho a pensar que en la primera magistratura se encuentra un ciudadano dispuesto a hacer cumplir la ley, dispuesto a la lealtad con la palabra empeñada ante la ciudadanía en los meses previos al pronunciamiento soberano de las urnas.
La serena credibilidad que el gobierno ha ganado en este terreno está llamada a expandirse en todas las zonas de su gestión al frente del Estado. Y también eso importa como profundización de la democracia y como capacidad para enfrentar los desafíos de toda índole del presente y del futuro. *
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