El caso Molaguero y su manejo político

Días pasados, en el curso de la Convención del Partido Colorado, el ex candidato a intendente en Canelones, señor Sergio Molaguero, decidió romper el silencio que mantenía desde hace más de treinta años sobre sus peripecias durante el período de las confrontaciones del año 1972.

Cualquier ciudadano de la república está asistido al derecho de realizar estas evocaciones en cualquier ámbito, en forma oral o en forma escrita.

De todos modos no deja de llamar la atención que estas denuncias se formulen ahora, bajo condiciones muy particulares.

Para empezar todas las referencias realizadas por el señor Molaguero, que nacen en un ámbito político partidista, apuntan a atacar a un funcionario del gobierno del doctor Tabaré Vázquez, jerarca que une a su condición de viejo militante de la izquierda la de ser hermano del actual Presidente de la República.

A partir de ahí, y sobre todo del entusiasta apoyo brindado por el doctor Sanguinetti a la difusión pública de este testimonio, cabe formularse la hipótesis, puramente tentativa claro, si no se tratará de un dardo lanzado contra la propia figura del doctor Vázquez.

El método no sería extraño a las tradiciones propias de los partidos que han tenido larga promiscuidad con el poder.

El testimonio del señor Molaguero, como otras referencias que se han hecho últimamente a personas que conocieron padecimientos reales en aquel convulsionado período, aparece totalmente desprovisto de elementos de contextualización.

Así, por ejemplo, la lamentable brutalidad en el trato recibido por Molaguero en algún momento de su cautiverio parece pertenecer a un mundo completamente ajeno a lo que en el invierno de 1972 le estaba sucediendo a miles y miles de hombres y mujeres uruguayos y uruguayas que soportaban las más atroces torturas en las dependencias de unidades militares o de la Policía.

Aparece independiente de los muertos por torturas, que se contaban por decenas, de los fusilados desarmados a los que se dejó morir tirados en la calle, vedando el paso a la asistencia médica.

Refiriéndose a ese período Carlos Quijano habló, desde las páginas de Marcha, del «año de la furia».

Se refería a la furia del Estado represor, de la furia con la que se aplicó la Suspensión de las Garantías Individuales, de la furia con que se llevó adelante el Estado de Guerra Interno.

El año de la furia de los que mandaban fue al año del miedo de los de abajo, de los que vivían de su trabajo, de los que confiaban en sus sindicatos como herramienta para defender su salario y su dignidad.

Lo que falta en el vivencial testimonio del señor Molaguero es el contexto colectivo.

Es recordar en qué condiciones trabajaban, no 69 días, sino todos los días de todos los años en aquella fábrica Seral, emplazada en la ciudad de Santa Lucía. Las condiciones en que, en todos los días y en todos los años, siguieron trabajando después los trabajadores de aquella empresa.

Falta como contexto el desconocimiento de los elementales derechos de los trabajadores, la persecución sistemática a todo intento de organización sindical, el incumplimiento de todos los laudos y todas las normas que protegían la salud de todos los trabajadores y las trabajadoras de Seral.

Con ese contexto nacional de represión ensañada contra todos los que se rebelaban ante la injusticia y con ese contexto local de una empresa que estaba a medio camino entre una planta industrial y una cárcel militar vale la pena evocar los dramas de ese pasado doloroso.

Junto con la de Molaguero tendrían que oírse otras voces, las que nos hablen de la furia y del miedo.

Las voces que permitan entender las acciones y reacciones de los hombres y las mujeres que se enfrentaron a aquella prepotencia y a aquel despotismo. De lo contrario estaremos manipulando palabras gastadas y juicios injustos contra un gobierno y un elenco que ha demostrado su voluntad de diálogo, su buen sentido en la búsqueda de acuerdos nacionales y su propensión a la defensa de los intereses generales del país. *

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