Periodista presa por desenmascarar a Bush

Durante un largo período la existencia de auténticas muestras de libertad de prensa fue un rasgo constitutivo de la democracia capitalista norteamericana.

Por supuesto que esta «libertad» supo conocer límites infranqueables cuando se trataba de la divulgación de ciertas verdades que resultaban incómodas, poco compatibles con la imagen de régimen político tolerante que se exhibía públicamente. Ocurría en campo de los asuntos laborales, las cuestiones ambientalistas y los actos de política exterior caracterizados por su agresividad a otras naciones.

Las restricciones alcanzaron su apogeo durante el período de la Guerra Fría, donde los objetores a la política armamentista y agresiva de los gobiernos de la época sufrieron toda clase de persecuciones, incluyéndose entre éstos a reconocidos libretistas de cine, actores, directores, personalidades del mundo literario, del teatro, etc.

La conocida Comisión de Actividades Antinacionales, presidida por el senador Joe Macarty dejó una profunda marca en las instituciones políticas y culturales de aquel país.

Aunque hoy con frecuencia se evoca aquel período como el de una etapa de intolerancia superada, desde el atentado al WTC y sobre todo después de desencadenada la guerra de agresión contra Irak, las presiones sobre la prensa y los medios de comunicación se han vuelto más frecuentes y ostensibles.

Este fenómeno está lejos de ser exclusivamente un proceso de «degeneración democrática» norteamericana. Algo con similares características ocurrió en España durante el gobierno de Aznar, como ocurre hoy en la Italia de Berlusconi y, salvadas algunas distancias, en el Reino Unido liderado por Antonio Blair.

La diabólica dinámica guerra y contraataques terroristas en las capitales metropolitanas, en un plazo muy breve, han creado una situación histórica nueva.

Alarmante realidad que muchos analistas occidentales pronosticaron y muchos líderes, insurgentes o no, del mundo árabe también advirtieron: el mantenimiento de las acciones militares entre Irak y la presencia de tropas de ocupación y el intento de manipular, en forma descarada, a las autoridades locales conduciría inevitablemente a un acrecentamiento del estado de ánimo belicoso de los grupos fundamentalistas embarcados en la práctica de acciones terroristas.

La descabellada idea de «derrotar al terrorismo» acrecentando los ataques indiscriminados sobre Bagdad, Faluja y multiplicando las víctimas civiles ha naufragado de manera estrepitosa.

¿Cómo atacar ahora a las supuestas bases terroristas?

¿Cómo localizar grupos diseminados por el mundo entero y compuestos, muy a menudo, con un perfil étnico heterogéneo?

Como lo han demostrado los recientes ataques en Londres por parte de individuos pertenecientes a corrientes islámicas pero que se encuentran desde hace mucho tiempo socialmente integrados en las comunidades europeas, la determinación de los responsables de los atentados se vuelve una tarea no sólo extremadamente difícil sino cargada de peligros.

El asesinato a sangre fría de un ciudadano brasileño, que nada tenía que ver con ninguna clase de atentados, criterio a posteriori defendido por las autoridades policiales británicas, muestra hasta qué punto la llamada lucha contra el terrorismo, tan fácil para esgrimir amenazante desde una tribuna, comporta una serie de riesgos que afectan la vida cotidiana de millones de personas normales.

Este mismo envenenamiento de la convivencia cotidiana se vive en los Estados Unidos. En su ceguera las autoridades han tomado como chivo expiatorio a la periodista del influyente NET York Times, Judith Millar.

Esta personalidad, que goza de gran prestigio en la prensa norteamericana, ha transmitido una informacion capital: la afirmación realizada por el gobierno de Estado Unidos de que el régimen de Zadar estaba comprando en Nigeria materia prima para la fabricación de armas de destrucción masiva era falsa.

Esta afirmación de Millar aparece coincidiendo con otras apreciaciones y testimonios que denuncian la falsedad de las afirmaciones de Bush y sus adláters con las que pretendieron dar legitimidad a su criminal agresión a Irak. *

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