Para ganar hay que salir a ganar

Como decía mi abuela, «lo mastico pero no lo trago», y aunque muchos en el barrio le atribuían un exagerado carácter pesimista, mi abuela basaba su filosofía empirista en «ver para creer». Si yo no heredé la capacidad de desconfiar de mi abuela, por lo menos la aprendí y con los años la he ido modelando para hacerla menos drástica. «Todos merecen una oportunidad», me digo a mí mismo cuando lo mastico y lo mastico. Debo reconocer que muchas veces mi comportamiento se asemeja al del paisano que le presta el caballo al pueblero chambón: «Â¡cómo no! es mansito» le confirma el ladino, y ahí sale el pobre más sacudido que zapallo en un carro. En realidad son pequeñas maldades recíprocas, porque recuerdo muy bien mis primeros días en la capital, sin antes nunca haber visto ni escuchado por un portero eléctrico. «Ah, eres tú, esperá que te abro» me contestaba el maldito por una «latita» en el marco de la puerta, y ahí seguía yo media hora esperando que me viniera a abrir la puerta. «¿Cómo? ¿no entraste?» me respondía otra vez, cuando cansado de esperar le tocaba el timbre otra vez.

Así vamos aprendiendo y lo que antes era desconfianza infundada o intuitiva se va volviendo una forma de sabiduría de «viejo vizcacha». «No hay que pedirle peras al olmo», para decir la verdad no sé qué pedirle a un olmo, pero el caso es que fue en una discusión acalorada antes de las elecciones con un gran amigo mío (él es de aquellos que nunca entiende la diferencia que hay entre afeitarse y cortarse la cabeza) que esta premisa me golpeó la mente. El proponía votar en blanco porque nadie de los candidateados llevaría a la práctica lo que él llamaba el plan mínimo: trabajo para todos con remuneraciones satisfactorias, vivienda, educación y salud para todos garantizadas constitucionalmente, en fin la lista era más o menos larga. Yo reconocí en un acto de buena voluntad que mi amigo pedía cosas elementales; mas aun, que estas exigencias eran en realidad no sólo aceptables sino prudentes. Pero no podía entender su empeño en votar en blanco. Yo trataba de hacerle ver que si ganaba el Frente Amplio, nos arrimábamos aunque más no sea un poco a nuestros anhelos. «Mirá -me decía mi amigo- el poder corrompe y en cuanto se sienten en el gobierno empezarán los acomodos, las alianzas y los acuerdos, y si te he visto no me acuerdo». La discusión como siempre no llegó a ninguna conclusión y creo que él votó en blanco por no pagar la multa. El Frente ganó y no he visto más a mi amigo en estos más de 100 días de gobierno. Ni falta hace que lo vea, porque ya son más que suficientes los que andan por ahí con ganas de «patear el tarro». A decir la verdad, ganas, bueno, son ganas, pero todos merecen una oportunidad.

El hombre «de la guita» dijo que en la primera mitad del período gubernamental se trataría de poner al país en situación de poder cumplir con el plan de gobierno en la segunda mitad. Lo mastico y lo mastico… Quisiera no darle la razón a mi amigo, por eso es que no afirmo que el poder corrompe (aunque sea cierto), pero lo que es indudable es que el poder desgasta y que si no terminamos el primer tiempo con dos goles a favor, no sé si lograremos un empate. Me dolió lo que dijo el «Pepe», de que no había podido cumplir y que si se lo pedían, él se iba. ¿Adónde se va a ir? Eso sería como votar en blanco, que no es lo mismo que votar a los blancos, «que es más pior». *

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