El terrorismo y El País

En los últimos días, más atentados terroristas han sacudido al mundo. Nuevas explosiones en Londres (esta vez sin que haya habido que lamentar víctimas) y atentados con coche-bomba que dejaron cerca de cincuenta muertos en la localidad turística egipcia de Sharm el-Sheik.

De acuerdo con la doctrina más aceptada, para que un atentado merezca el calificativo de terrorista debe no sólo implicar daños materiales sino, fundamentalmente, estar dirigido contra objetivos no militares, es decir contra civiles inocentes, indefensos y ajenos a la causa por la que se combate; es decir, una actividad que –además de los estragos materiales– ocasiona víctimas inocentes, absolutamente ajenas a los intereses en juego en el conflicto, y sin responsabilidad alguna en los padecimientos de las otras víctimas, las de la política imperial. En este sentido, bueno es diferenciar los actos terroristas de las acciones llevadas a cabo por un grupo guerrillero.

Sin duda que la voladura de las Torres Gemelas o las bombas que causaron estragos en Madrid y más recientemente en Londres son actos terroristas que costaron la vida de civiles e instalaron el terror.

Conocida es nuestra postura radicalmente contraria al empleo de un medio abominable para lograr determinado objetivo. Incluso en el caso de que el fin sea loable, sería inmoral aceptar medios innobles para lograrlo; el fin no justifica los medios. Nos hemos pronunciado sin vacilaciones condenando sistemáticamente tales acciones.

Ahora bien, dicho esto, también debemos reiterar nuestra más severa condena a las naciones imperiales que, so pretexto de luchar contra el terrorismo, emplean los mismos métodos. ¿Cuántos civiles iraquíes, absolutamente inocentes, han sido víctimas de la represión llevada a cabo por las tropas de ocupación? Esos iraquíes –niños, jóvenes, hombres, mujeres– son tan víctimas del terrorismo como los neoyorquinos, madrileños y londinenses. Se ha entrado en una espiral de violencia de la que será difícil salir en la medida en que los dos terrorismos –el de los fundamentalistas islámicos y el de Bush, Blair y compañía– se alimentan recíprocamente.

Llama la atención, por tanto, el editorial de El País del sábado 23. De acuerdo con la percepción del matutino, «la amenaza tenebrosa que ensombrece al mundo (…) proviene de enemigos invisibles. De seres impulsados por odios insondables, que actúan en las sombras y golpean por la espalda de acuerdo a sus sangrientos designios. Son los terroristas…».

Nosotros pensamos, más bien, que la «amenaza que ensombrece al mundo» (amenaza que en rigor se ha concretado) es el modelo globalizador que produce la muerte por desnutrición y por enfermedades curables de los niños del tercer mundo; el que condena a sobrevivir con ingresos miserables a las grandes mayorías del planeta; un modelo que cobra víctimas tan indefensas e inocentes como las de cualquier atentado terrorista, con la agravante de que las víctimas del modelo son infinitamente más numerosas que las de los atentados.

Pero independientemente de esta puntualización, el editorial del colega no vacila en alinearse con la más pura doctrina xenófoba y discriminatoria predominante en el mundo desarrollado: detrás de todos los atentados terroristas, están los musulmanes. No tiene prurito en suscribir el discurso oficial europeo, según el cual «en occidente se recibe a los inmigrantes musulmanes con apertura y contemplaciones a sus demandas», cuando sabido es que en su inmensa mayoría los inmigrantes son guetizados, discriminados y perseguidos, llegándose incluso a la agresión física y el asesinato.

Resulta lastimoso que un diario del tercer mundo, supuesto vocero de un partido de tradición antiimperialista, haga suya la postura y el discurso del imperio. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje