Era él, en vivo y en directo

¡Le juro, vecino, que no lo podía creer! Me parecía increíble que ello hubiese sucedido y prácticamente me sumergí en la pantalla de mi modesto aparato de televisión de 14 pulgadas, tratando de no perderme detalle de aquella imagen y ni una sola sílaba de lo que aquellos labios regordetes y tan familiares estaban anunciando.

¡Era él! ¡Sí! Como decía mi padre, «el mismo que viste y calza». Era como si de golpe se hubiesen abierto las rejas de un Jurasic Park mediático y por allí, impetuosa y casi ceremonialmente apareciera uno de aquellos ejemplares antediluvianos… pero ¡qué digo «uno de»! Debí decir, «el» ejemplar soberbio de una especie que siempre queremos creer extinguida, pero que cada tanto un exponente de ella reaparece lanzando al aire sus estridentes bramidos, como para recordarnos que son casi inmortales.

De acuerdo a los registros de nuestros paleontólogos, desde hace cuatro meses aproximadamente no se sabía nada de él. Algunos creen recordar que hace unos cuantos días se le vio en cercanías de algunos especímenes caballares en los alrededores de Maroñas, pero no mucho más.

Los pocos ejemplares descendientes de sus genes supervivientes a la hecatombe que casi los exterminó en octubre pasado, andaban –y andan– tratando de readaptarse a las nuevas estructuras geológicas, varios de ellos afectados por algunas graves mutaciones y los menos, mostrando una inesperada resistencia biológica a los agentes externos, por lo que siguen –como las cucarachas a las que no las afecta ni la radiación atómica– inmunes a todo tipo de posibles contaminantes posdiluvianos.

Si uno no tuviese la certeza como tiene, que estaba allí realmente, podría pensar que se trataba de un inteligente montaje televisivo para promocionar alguna de esas películas estrafalarias que son tan comunes en estos días de vacaciones julianas. Pero nada de eso, era él, en vivo y en directo (nabos aparte), genio y figura, barruntando sandeces, resucitando fantasmas, y solamente le faltó para llenar el cartón mandarse dos o tres pucheritos y soltar unos lagrimones tiernos.

Cuando ya estaba al borde del delirio, pensando que mi primer ataque de pánico había llegado, escuché que aquella voz que a veces me desesperaba, en otras me enfurecía y a veces me sumía en tremebundas carcajadas hasta no hace mucho, decía respondiendo a no sé qué pregunta: «Â¡Yo no existo! ¡Yo no existo!».

¡Ah bueno! (pensé). Y esa noche dormí casi tranquilo. *

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