¿Es la reelección el problema?

El tema de la reelección presidencial está en la consideración pública en el Uruguay cada cierto tiempo. Hasta el momento los uruguayos no han aceptado la posibilidad de que el Presidente repita su mandato en forma inmediata.

Se permite sí que, período por medio, pueda un ciudadano volver a ejercer la primera magistratura. Fue el caso del Dr. Julio Ma. Sanguinetti.

Es este un tema muy discutido en distintas partes. Por lo pronto existen dentro de los sistemas democráticos todas las alternativas. Estados Unidos permite la reelección inmediata por única vez. Brasil y Argentina también incorporaron esa norma en el último decenio. Está los que la autorizan período por medio, por ejemplo nuestro Uruguay. En otros sitios se impide que un mismo ciudadano pueda ejercer en dos oportunidades como Primer Magistrado. En esta situación se encuentran Colombia y Costa Rica. También lo estuvo Ecuador.

La Constitución del 91, promovida por el entonces presidente César Gaviria, eliminó la reelección en Colombia. Ese país nunca tuvo una tradición en ese sentido.

Venezuela instauró en su reciente constitución la reelección aunque con elementos –revocación de mandato– que dan en teoría posibilidades a la ciudadanía de contralor sobre el Ejecutivo, a través de un mecanismo plebiscitario que supone una forma de ejercicio de la democracia directa.

En Europa también se pueden presentar distintos ejemplos. En general predomina el reeleccionismo tanto en los sistemas parlamentarios, monárquicos o no (Alemania, Gran Bretaña y España) como los presidenciales (Francia).

En el Uruguay el primer tema que se discutió, por iniciativa de Batlle y Ordóñez, fue la integración uni o multipersonal del Poder Ejecutivo. El asunto quedo laudado para siempre con la Reforma Constitucional de 1967. La mayoría del propio Partido Colorado voto entonces por el régimen presidencial.
No pudo resultar extraño que apenas planteada la reelección presidencial en 1971, por partidarios del entonces presidente Jorge Pacheco Areco, surgieran críticas encendidas. En cinco años, pasar del Colegiado a la reelección era tal vez un cambio muy brusco para un país que venía de esa contienda anterior.
En Colombia, sin reforma constitucional, a través de una ley aprobada por el Parlamento y cuya constitucionalidad estudian los organismos competentes, se procura habilitar la reelección para el presidente Alvaro Uribe y quienes ejercieron con anterioridad el cargo.

«Un período es mucho tiempo para hacer mal. Muy poco para hacer bien» dijo refiriéndose al tema Alvaro Uribe días atrás. En general se da como un hecho que se habilitara la reelección. Si se consultara a la población, de acuerdo a encuestas que hemos comentado a los lectores de LA REPUBLICA, la respuesta sería contundentemente afirmativa.

Se cumplen allí las condiciones en las que por lo general se aprueban normas de este tipo. Ello es, situaciones críticas, con presidente exitoso, en el marco de una opinión polarizada. Esto se da actualmente con Uribe, como también ocurrió desde distintos momentos y esquemas ideológicos en su oportunidad con Menen, Fernando Henrique Cardoso y más recientemente con Chávez.

Veamos alguna de las críticas que se formulan con mayor asiduidad. La primera, que la reelección destruye los partidos. La preeminencia por larga data de un mismo ciudadano en la conducción del Poder Ejecutivo debilita a su propia fuerza política. En este caso no solo es un tema de reelección presidencial, sino también de fatiga de liderazgo.
Se menciona a todos los ejemplos recientes, que concluyeron en líderes sumidos en una gran impopularidad y con sus sectores en franca decadencia.

A los ya citados es preciso agregar que las presidencias de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera (aunque en este caso resulto electo fuera de su agrupación histórica) destruyeron a los Partidos en Venezuela para dar paso al populismo de Chávez.
Tal vez sea injusto acusar a la reelección del debilitamiento de los partidos, que se da sin excepción en todos los regímenes, al margen de que tengan o no incorporada esta norma. Parece que ello responde a causas más profundas, aunque no debe descartarse que aceleren los procesos de deterioro.

Sin embargo, otro fenómeno surge y no esta siendo analizado con el debido interés. La presencia hegemónica de conglomerados electorales, que concentran el oficialismo y la oposición y constituyen movimientos excluyentes frente a otras fuerzas políticas. Tal el caso histórico, hoy superado, del PRI mexicano (que funcionó sin reelección) y los actuales del peronismo argentino y el chavismo venezolano.

En el Uruguay, por encima de la reelección o no, me parece que este debiera ser el motivo central de preocupación. Y para que este fenómeno no prospere, no solo es necesario considerar lo que hace el oficialismo. Tanto o más importante es que la oposición sepa crear con sentido constructivo y realista, alternativas efectivas de poder. Que no se mantenga atada a viejos y perimidos esquemas, que fueron importantes en otros tiempos pero, los hechos lo demuestran, han perdido vigencia. *

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