¿Nos animaremos a estructurarnos de manera diferente?

En artículos anteriores insistíamos en que es imprescindible generalizar la educación media para poder sostener un desarrollo económico en la era del conocimiento, y con dignidad de vida para nuestros ciudadanos. También mencionamos que incluir a todos los diferentes necesariamente lleva a diversificar las ofertas.

La escasez de recursos de los sistemas educativos y los diferentes perfiles de ingreso de los estudiantes requiere que se tomen en cuenta distintos aprendizajes realizados por los alumnos en diferentes campos: teóricos, técnicos, de capacitación, formales, no formales, privados, públicos, etc. De alguna manera, tomarlos en cuenta, validarlos, y diseñar los estudios a partir de ellos (y no desde cero) baja los costos del sistema, a la vez que estimula al alumno a continuar estudiando.

Por otra parte, cuando hablamos de diversidad estamos pensando en el joven de hogar de clases medias, en el de hogar proletario, en el del asentamiento, en el del cantegril, en el que va a ser incorporado por la sana obligación que impone el plan de emergencia. Seguramente, en estos últimos casos, «Prehistoria», o «la radícula» o «reflexión en un espejo plano» no sean conocimientos relevantes, no tengan significado fundamental para el desarrollo de su vida. ¡Y tienen razón! Para quien a los doce o trece años de vida ya lleva varios en los semáforos o hurgando basura para resolver el alimento diario y quizá hasta tenga un hijo, esas enseñanzas significan poco. Pensemos en quien a esa edad ya está acostumbrado a su «libertad» diaria. Pensemos en quien tenga la experiencia de vida «muy madura» de tener que sobrevivir solo en las peores condiciones. Pensemos en sentarlo cuatro horas a recibir clases frontales de temas lejanos, por parte de 12 docentes que creen saber demasiado, aunque no conocen de supervivencia lo que él… y aún puede que condenen su comportamiento en clase, ese mismo comportamiento que le asegura la vida fuera del centro educativo. Parece claro que no va a permanecer mucho en el «ciclo básico».

Cuando eso le ocurre al 30, 40, 50 por ciento de los jóvenes el sistema es «expulsivo», tenemos que alarmarnos, y debemos operar los cambios radicales que sean necesarios.

La sociedad nos encomienda algo: en la educación debemos generar cultura. Culturas de convivencia, ciudadana, de trabajo, sensible, científica…

Como ya hemos dicho, se puede aprender a pensar y a hacer ciencias naturales en un laboratorio, en una chacra, en una fábrica, o en basural. Igual con cada una de las culturas mencionadas. Tenemos que definir qué competencias debemos alcanzar en común, a través de diferentes medios y ámbitos de aprendizaje. Currículos diferentes adaptados a los diferentes medios y perfiles de alumnos   competencias mínimas comunes adaptadas a la necesidad de futuro del país. Esa parece ser una solución para retener y no perder calidad.

Por otra parte, la educación tecnológica ya no puede ser algo específico, limitado, o externo. No puede haber Primer Ciclo de Educación Media que no contenga el componente tecnológico, en diferentes grados y con diferentes formas.

Contrario a lo que venimos exponiendo, se ha aplicado un mismo currículo para un medio muy diferente al urbano común: 7º 8º y 9º en escuelas rurales. Se llevaba a adelante por maestras-os rurales a los que se les capacitaba en cursos de pocos meses en las «áreas» y asignaturas del Ciclo Básico. Confieso que mi pronóstico silencioso no fue muy bueno: «el mismo currículo, dado por maestros capacitados de urgencia, mmh… esto va a andar mal». Sin embargo, en la mayor parte de las pruebas objetivas de evaluación externa los resultados eran similares a los de los liceos y escuelas técnicas de ciclo básico, salvo en uno: ciencias naturales. Este es uno de los talones de Aquiles de nuestra educación. En los liceos y escuelas técnicas el promedio de suficiencia no llega al 50%. En las Escuelas Rurales superaba el 80%. Es un fenómeno que merece estudio. Presumiblemente, el acompañamiento afectivo, la habilidad didáctica y pedagógica de esas-os docentes haya superado la «carencia» de conocimientos específicos del área. Quizá hasta el animarse a aprender junto a los alumnos haya ayudado a esos logros. Algo pasó ahí!. Es una experiencia muy valiosa. Más si pensamos que tenemos carencia de docentes, y que a su ves esta puede ser una manera de mejorar la calidad, e incluso, de mejorar los ingresos de los docentes, sin aumentar los costos.

Todo esto implica concebir y organizar de modo diferente nuestra educación media.

Desde hace tiempo viene cobrando peso una corriente de opinión que sugiere establecer organismos de dirección especificados por nivel. En educación media debería pensarse en un Organismo de Primer Ciclo, y otro de Segundo Ciclo. Esto implica eliminar Secundaria y UTU, que hoy operan paralelos y que en cierta medida tienen arraigados preconceptos arcaicos como «enseñanza de primera o de segunda categoría»; y que no responden a las realidades y los requerimientos de nuestra época.

Una organización de este modo permitiría pensar específicamente en esos modos distintos de aprender según los contextos, certificar aprendizajes, diseñar complementos, permitiría pensar en ámbitos de socialización importantes, centros educativos con talleres para trabajos tecnológicos, con espacios libres para trabajos de líderes, para actividades deportivas, para recreación, para artes… espacios para generar las culturas imprescindibles que debe generar el Primer Ciclo. Un Segundo ciclo con las correspondientes diversificaciones, pero con las equivalencias, la navegabilidad transversal que le permita a los jóvenes moverse de una a otra orientación, en ese período tan difícil de sus vidas.

Son ciclos muy distintos, tienen propósitos muy diferentes, y complejidades muy específicas.

¿Nos animaremos a estructurarnos de manera diferente? *

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