Reafirmación de la civilidad

En estos días el país atraviesa un entrecruzamiento de tensiones en el que se sintetizan muchos decenios en la vida de nuestra sociedad. Lo nuevo es que ahora hay un nuevo gobierno y prevalecen otras concepciones acerca de los derechos humanos.

Algunos aspectos de la situación presente son de larga data, como por ejemplo la negativa de algunos oficiales a comparecer ante la justicia ordinaria y en algunos casos hasta su rechazo a ser nombrados.

Recuérdese por ejemplo algún suceso de año 72. En mayo de ese año el Secretario General del PDC y senador del Frente Amplio, Arq. Juan Pablo Terra, dijo en el Senado: «Todos nosotros estamos mordiéndonos los labios de indignación… Han matado a un muchacho de nuestro partido, torturándolo hasta morir en el cuartel del Departamento de Treinta y Tres… Al Ministro de Defensa Nacional se le denuncian en esta sala torturas en cantidades que sobraban.

Contestó que no existían torturas, que eran errores que se iban a subsanar. Yo me pregunto cómo va a subsanar este error. Esto se podía haber detenido a tiempo si se hubiera reaccionado como se tenía que haber reaccionado cuando apareció el primer caso…» «La muerte de Batalla -agregó Juan Pablo Terra- es un campanazo en medio de la vida nacional. Hasta ahora hubo quienes quisieron cerrar los ojos a la existencia innoble de la tortura. Hoy cualquiera que se acerque a este féretro sabe que la tortura es una realidad tangible.»

La denuncia del Senador frenteamplista dio lugar a una resolución de la Cámara de Senadores que reclamaba «la máxima celeridad en los procedimientos y el público señalamiento de los culpables y de las penas que se apliquen».

Unos días después la Asamblea del Centro Militar resolvió con el voto unánime de más de 500 oficiales presentes: «Que repudian cualquier público señalamiento de las penas a aplicar a cualquiera de sus integrantes. Toda acción o manifestación corporativa o individual que tienda a menoscabar o a objetar maliciosamente los procedimientos de los integrantes de las FF.AA. en la lucha contra la subversión o, lo que es lo mismo traición a la patria, constituyen una complicidad embozada con los enemigos del régimen democrático republicano.»

Afloraba así, de manera explícita, un aspecto cardinal de las relaciones entre las FF.AA. y la sociedad. Una asamblea de oficiales repudiaba una resolución del Senado y la consideraba una «complicidad embozada» con la subversión.

En los meses y los años que siguieron, esta autonomización de los militares se siguió profundizando, convirtiéndose en un escollo cada vez más infranqueable para su inserción en la vida de la sociedad a la que decían defender.

Las mentalidades, se ha dicho, cambian muy lentamente. Mucho más lentamente que las identidades políticas, las mutaciones económicas, los desarrollos tecnológicos y demás aspectos que constituyen la materialización de la condición humana.

Cada vez que afloran esos sentimientos de autonomía frente a la sociedad es que está reapareciendo algún tramo de aquella ideología de exclusión, profundamente antidemocrática.

Han pasado más de treinta años de aquello sucesos. El país ha cambiado y el mundo ha cambiado. Muchos Estados, implicados en procesos bélicos de distinta índole, han desclasificado sus archivos, haciendo públicos documentos que permiten mostrar designios políticos condenables por parte de gobiernos de Estados poderosos.

Pese a que ha pasado más de medio siglo, en diversos lugares del mundo continúa la persecución de los responsables de delitos contra la humanidad cometidos durante la Segunda Guerra.

Con lentitud pero con firmeza las naciones buscan levantar tribunales contra los responsables de delitos contra los Derechos Humanos. La noción de que algunos de estos crímenes jamás prescribirán cobra fuerza en la opinión pública y en los tribunales de un número creciente de países.

Es en ese marco de evolución del pensamiento humanitario y de los tratados que regulan y obligan a los Estados a su protección que deben ser examinados los problemas que hoy afloran con nitidez en nuestro país. *

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