Una cuña estadounidense en el Cono Sur de América
a contienda que se libra en el país, entre las fuerzas que impulsan los cambios sociales y los sectores conservadores está lejos de quedar confinada a las fronteras del país. Esto no es nuevo en el subcontinente latinoamericano, que ha padecido y padece, por lo menos desde el fin de la Primera Guerra Mundial (1918) la presión constante de los Estados Unidos. Presión tremendamente fuerte en el «hinterland» caribeño y centro americano y que ha ido creciendo de manera ininterrumpida hacia el Sur, con intervenciones más o menos evidentes en diversos países, según los momentos por los que atraviesan.
Por supuesto que esta constante presión imperialista no ha transcurrido en vano y, cada vez más, el sentimiento de reivindicación de la soberanía nacional se hace más extendido y más intenso, busca sus caminos de confluencia y se propone metas de integración.
En ese sentido toda la situación latinoamericana se ve conmovida por el ímpetu de realizaciones de porte nacional y popular del gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, con el significativo agregado que se trata de una experiencia que se desarrolla con la mirada puesta no sólo en las cuestiones internas sino también con el desarrollo de una intensa política de búsqueda de acuerdos con otros países de la región dispuestos a avanzar en proyectos de signo soberano y nacionalista.
Como es lógico, los pueblos de nuestra América son el factor débil de la ecuación. Washington ha demostrado recientemente su carácter casi insuperable como potencia mundial, especialmente en el terreno militar. Pero también en el control de los grandes movimientos financieros organizados también como una forma de exacción a los pueblos de menor desarrollo.
Ambas formas de demostrar su supremacía interactúan, se complementan, van de la mano.
Por eso es necesario encarar los pasos en el terreno de las relaciones diplomáticas a la luz de estas realidades y de la necesidad de fortalecer todas las instancias, como el proyecto Mercosur, por ejemplo, que tienden a darle mayor gravitación a las repúblicas latinoamericanas con su secular pulseada con la gran potencia del Norte.
En estos días se han producido nuevos hechos de gravedad extrema, como lo es la presencia de destacamentos armados de los Estados Unidos en Paraguay, en una zona que nos es muy próxima y que constituye una avanzadilla de enorme gravitación. En una nota aparecida en el semanario Brecha en el día de ayer el periodista Raúl Zibecchi expresa: «Como señala el mensual Le Monde Diplomatique en su edición del Cono Sur de junio, la resolución del Congreso paraguayo, ocurrida el 28 de mayo pasado y ocultada a la opinión pública en ese momento, fue presentada como noticia dos semanas después, luego del descalabro de la Casa Blanca en la OEA y la caída del presidente Carlos Mesa en Bolivia». Según el analista Luis Bilbao, en esta ocasión no se trata de la reiteración de maniobras conjuntas como las denominadas «Cabañas», sino de «una operación de Estados Unidos en territorio paraguayo».
De ese modo, agrega el periódico, Washington formaliza la instalación de una base en Paraguay y «clava en este país una cuña estratégica para contrarrestar los movimientos de convergencia sudamericana», y se instala cerca de la convulsionada Bolivia donde están algunas de las principales reservas de gas del continente. El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, prometió visitar Paraguay próximamente y expresó «su pleno apoyo a los próximos ejercicios conjuntos que realizarán las fuerzas armadas paraguayas y estadounidenses». Desde Brasil la alarma no es menor. Un editorial de la agencia Carta Maior señala que «por primera vez tendremos bases extranjeras permanentes en América del Sur, en la región de la usina de Itaipú, la mayor represa del mundo y de cuya energía depende todo el territorio paraguayo y parte del brasileño».
El ejemplo paraguayo puede resultar ilustrativo cuando también en Uruguay se discute la índole de las relaciones de nuestro país con la gran potencia. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad