Después de todo, lo único cierto es la esperanza

Mire vecino, no es por nada, pero hay algunas cosas que a uno le hacen pensar que en esto de la política y sus entretelones pasa como con las brujas, que aunque no se crea en ellas, no hay más remedio que reconocer que, que las hay, las hay. Yo qué sé, uno entiende lo de la desesperación, la angustia, las esperanzas puestas en algo y ver que se van gastando los almanaques y la mayoría de las cosas siguen igual, doliendo igual, golpeando igual, pesando igual.

Y mire que a uno también las cosas le van patas para arriba y cada vez tiene que hacer más piruetas para mantenerse parado, o al menos casi. Pero… ¿qué quiere que le diga? Cuando uno se acuerda de 2002 y aquella tremenda desesperación, aquella angustia, aquellos miedos de no saber qué podría pasar al día siguiente, le viene como una especie de coraje y de ganas de seguir aguantando, porque al menos ahora, cuando se levantan los ojos, se ven lucecitas de esperanza y antes todo era negrísimo, tormentoso, invernal.

Y entonces, quien más o quien menos piensa al ver esas montoneras cortando las calles y quemando neumáticos, pidiendo que el Estado les devuelva parte de lo que durante 150 años les ha venido robando, pero que lo quieran ahora, ¡Ya! exigiendo que se les entregue lo que les pertenece o al menos una ínfima parte de ello pero que se lo robaron durante varias generaciones, otros que no fueron precisamente quienes ahora son jaqueados y amenazados desde el asfalto de las rutas que apestan a caucho quemado, uno piensa, decía vecino, que parece que hay una epidemia de coraje que se desató a partir del 1º de marzo. Y bienvenida sea si sirve para construir y no para destruir.

Porque como quiera que sea, allá por 2002, no se vio a ningún productor traer sus vaquitas y sus tractores para cortar el paso alrededor del Palacio Legislativo ni a los vecinos de los asentamientos quemando neumáticos proclamando el hambre. Y apenas hubo un intento de saqueo que otro dirigido desde las sombras por intenciones anónimas.

Todo parece decir que de alguna forma la intolerancia se manifiesta contra las actuales autoridades especialmente. Y no se trata de que cumplan o no cumplan con lo prometido, como andan diciendo por allí algunos dirigentes rosados. ¡Justamente ellos que en todos sus gobiernos fueron como decía Gardel, «hoy un juramento, mañana una traición»! Y entonces, los grandes derrotados de octubre apuestan a la poca memoria de la gente y alientan con su oposición sistemática la protesta de los desesperados. ¿Será que se gastaron toda la tolerancia en aquellos años y no guardaron ni un cachito para usar ahora?

¿Qué quiere que le diga, vecino? Capaz que si en cuatro o cinco años nada cambia, si las cosas siguen igual, si no pagan como deben pagar los corruptos del sistema, si no sacan de la troya a algunos trompos que siguen bailando todavía, capaz, vecino, que voy yo mismo a cortar el tránsito frente al palacio, aunque difícilmente lleve vaquitas porque todas para mí son ajenas, pero llevaré una buena tropilla de penas que tengo y que me pertenecen desde siempre, o me planto en la mitad de una ruta y armo una fogata con todas mis esperanzas y mis años de pelearla desde abajo.

Pero antes, ¿sabe una cosa? Antes quiero darle tiempo a la esperanza. Después de todo, tengo 60 pirulos y a los 12, mientras otros gurises andaban para la pavada, yo ya estaba con el balde de engrudo al hombro y la brocha, haciendo pegatinas por las calles. Y creo que no puedo de ninguna forma sacrificar casi medio siglo de mi vida, por tres o cuatro meses más de angustia.

O tres, cuatro años, porque al fin y al cabo, el tiempo es una cosa relativa y lo único cierto es la esperanza.

Pero «la frutillita de la torta» creo que fue la demanda de un grupo de estos piqueteros criollos, que proclamaban que el Panes en lugar de entregarles un ingreso ciudadano de mil y pico de pesos, tendría que aumentar esa suma a seis mil pesos mensuales, que si miramos bien son chauchas y palitos y no alcanzan para una vida digna como debe ser, pero que siendo absolutamente realistas, sabemos bien que no es soplar y hacer botellas con esto de la guita.

Y ¿qué quiere que le diga, vecino? Si algo de eso pasara, los maestros, los policías y soldados de tropa, los trabajadores rurales todos, los enfermeros y hasta algunos médicos, las trabajadoras domésticas, la mayoría de los empleados en el comercio, ni qué decir los jubilados y pensionistas y hasta varios periodistas –más de los que muchos creen– y miles de trabajadores más, sumergidos y explotados por patronales abusivas, seguramente renunciarían a sus trabajos, o a sus jubilaciones, para recibir ese otro ingreso, sustancialmente mayor que sus propios salarios o retribuciones sociales. ¿Le digo una cosa? ¡Déjense de joder muchachos, y no le hagan el caldo gordo a los que al fin y al cabo, son los responsables de que estemos como estamos! Si no, voy a tener que creer nomás que el Pepe tenía razón y hay más nabos de lo que parece en este sufrido país. *

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