La pobreza y las nuevas protestas

En los últimos días, como consecuencia de algunos focos de manifestantes relacionados con ciertas lentitudes en la aplicación del Plan de Emergencia, muchos uruguayos le han visto por primera vez la cara a la pobreza.

Una pobreza que no tiene dientes, que come salteado, que tiene cara de niños y de mujeres. Una pobreza que duele, que se expresa con pocas palabras, que no puede esperar.

Se ha dicho que estamos ante la manifestación de una angustia colectiva que se ha metido dentro de determinadas zonas de la sociedad, como la humedad en una casa vieja.

Estos uruguayos, los nuevos actores de la imagen televisiva, se expresan con su lenguaje quemando llantas, haciendo ruido, participando de acciones colectivas con sus propios hijos. Es un mundo con sus códigos y sus costumbres, que por cierto desespera.

El gobierno nacional ha actuado con cautela y sensibilidad, sin caer en el rápido expediente de la represión, que siempre tiene la particularidad de saber cómo comienza pero no cómo termina.

En tanto la oposición, en base a su legítimo derecho a expresarse, insinúa cosas y especula sobre situaciones futuras. Alerta sobre lo que puede ocurrir si esta situación perdurara en el tiempo. Hay momentos en que parece reclamar mano dura y hay momentos en que parece no reclamar nada.

Desde la Presidencia de la República se están haciendo todos los esfuerzos para encontrar una salida civilizada, en paz, apegada a la Constitución y la ley. Eso lo saben y lo perciben cientos de miles de uruguayos que «no entran en el jueguito» de algunos opositores que actúan con irresponsabilidad y que están quedando en cueros ante la opinión pública.

A la vez hay que tener muy presente que el gobierno por sí solo no puede ni debe resolver la situación. La fuerza política debe comprender –nosotros, los políticos del progresismo– que ha llegado su hora de respaldar al gobierno nacional y a los intendentes, y que a la vez se debe tener la capacidad de organizar y de educar políticamente a los uruguayos, esta vez desde un escenario muy distinto al de ser oposición.

La construcción de ciudadanía es un hermoso desafío para los gobernantes y los miembros de su fuerza política. El pueblo uruguayo tiene el derecho y la obligación de participar y de expresar sus opiniones, pero hay una historia de la protesta que tiene su metodología, su forma de expresarse, que fue construida durante décadas por la clase obrera y el pueblo. La ruptura del entramado social ha provocado que esta influencia de la clase obrera, en algunos casos se haya visto disminuida. Son esos sectores angustiados por la miseria los que están manifestándose con otras formas que son fiel reflejo de sus formas de sentir la vida, que en muchos casos están muy lejos de la concepción ciudadana que requiere una democracia que avance.

La comprensión de esta situación social, que pasa por el afecto y el respeto al débil, no debe tampoco llevarnos a entender la realidad con ingenuidad.

Paciencia, diálogo, astucia, firmeza, apego a la ley, relacionamiento estrecho con las grandes mayorías, parece ser la clave para que estas protestas no se encaucen por caminos que no corresponden y no terminen perjudicando a todos los uruguayos, que estamos transitando hacia la construcción de nuevos niveles en la calidad de vida. Aunque todo, hoy por hoy, pueda parecer lento.

Quienes tenemos hoy la responsabilidad de timonear a intendencias del Interior del país, estamos sintiendo que en nuestros departamentos hay una gran esperanza en relación a los nuevos gobiernos. En Maldonado, Oscar De los Santos, ya le ha puesto el pecho al viento. En eso estamos. *

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