Parlamento del Mercosur
Los hermanos sean unidos, pues esa es la ley primera, aconsejaba Martín Fierro sabiamente a sus hijos. Suele pasar incluso, en familias numerosas, cuando los más chicos en el barrio se la «ligan» vienen los hermanos mayores a defenderlos. Amor filial que le dicen. Y por supuesto, está bien. Pero también es cierto que a medida que crecen, van despegando, forman sus propias familias y se tornan soberanos. Aspirando, con legítimas razones a la autosuficiencia. Ley de la vida y los que somos creyentes, de Dios. Esa ley natural y como tal muy humana, es también válida para las naciones.
Hemos sido de siempre partidarios de la solidaridad continental de patrias hermanas. Pero bueno es concientizarse, que ser parecido y hasta parientes no es óbice para que una conmixtión que se nos propone, lleve en los hechos a la desaparición literal de las patrias chicas. En otra máxima, similar por su realismo a la de Martín Fierro, reza que «los peces grandes se fagocitan a los chiquitos». Las mojarras deben cuidar sus soberanías respectivas de la voracidad de los tiburones.
El parlamento mercosuriano, en teoría es bonito, pero en la práctica cuando se deciden principios e intereses gravitantes, no serán charrúas y guaraníes los que decidan. Argentina y Brasil, los dos monstruos vecinos, por más que hoy se puedan sentir muy cordiales y fraternos, serán los decisivos según el real saber y entender de sus intereses. Nadie ignora, los propios brasileños tampoco lo disimulan, sus aspiraciones imperiales futuras. Hoy mismo están entre las diez primeras potencias del mundo. Y hasta por problemas demográficos por cierto explosivos, en 60 años se le calculan 400 millones de habitantes con el problema correspondiente de mantenerlos. Naturalmente los hacen mirar hacia la fertilidad de la gran estancia inexplotada sureña. Nosotros, sin perjuicio de este «pequeño» peligro norteño, del otro lado del charco tenemos a los porteños. ¿Nunca han sentido decir, malgré la bronca que de inmediato nos salta, que nos consideran una provincia argentina? A gatas se malgobiernan ellos y aspiran agrandarse a costas nuestras. Pero lo cierto es que tampoco omiten esas aspiraciones expansivas desde las lejanas épocas de las luchas de puertos, entre Montevideo y Buenos Aires. El parlamento común es una aceleración gratuita, crédula e infeliz de pensar en la igualdad de derechos. Incluso, en la formación del propio órgano deliberante, por sus tamaños, poder, gravitación económica y militar y demás etcéteras, tendrán sin dudas una representación legislativa mucho mayor que las de Uruguay y Paraguay. No van a pretender que el chihuahua a ladriditos achique al dobermann. O sea, en mi casa, mientras pueda no se mete nadie. Principio nacionalista elemental de sentido común. Políticas económicas, dentro de lo posible y negociable, organizadas en bloques continentales afines, determinados para conquistar mercados y defender los nuestros, por supuesto conviene. Pero integrarse constitucioanlmente en un parlamento, donde nuestras soberanías serán aplastadas por el simple hecho, entre otras múltiples razones, del peso numerario de votos que les va a otorgar el gobierno de sus poderes reales, es suicidarse gratuita e infantilmente. A la larga, salimos de un dogal yanki que nos chupa la sangre desde lejos pero que nos deja creer de a ratos que somos independientes para convertirnos en un estado «portugo» o provincia «aporteñada» definitiva.
La independencia y soberanía del paisito, como nos gusta decir, costó mucha sangre y sacrificio de sus mejores hijos. Me gusta sentirme uruguayo, oriental y vasco charrúa. Orgulloso de ser hijos de Artigas, Oribe, Lavalleja y Otorgués y demás grandes. Habrá sido muy importante, pero nunca sentí admiración por el monárquico San Martín, Mitre o Sarmiento que sostenía indignidades y calumnias contra Artigas. Y tampoco, por supuesto, por Pedro I, Tamandaré y los suyos. La soberanía es sagrada. Decía el doctor Luis Alberto de Herrera al respecto: «Mi vaso es chico, pero yo bebo en mi vaso». *
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