La espiral perversa

Los brutales atentados ocurridos en Londres son una prueba más de que la vía elegida por Bush y sus aliados (Blair y Aznar, los más notorios) es un camino profundamente equivocado, que conduce directamente a una espiral perversa de violencia, destrucción y muerte.

El «tiempo del desprecio» de que hablaba Malraux en el siglo pasado ha sido ampliamente superado por este comienzo de milenio signado por el terror bajo diversas formas.

En setiembre de 2001, a raíz de los famosos atentados contra las Torres Gemelas, escribíamos lo siguiente:

«Con el paso del tiempo, la Humanidad no ha evolucionado positivamente, y la historia del mundo de los últimos cincuenta y cinco años abunda en ejemplos de barbarie, de violencia, de intolerancia y de desprecio por el prójimo, en una espiral demente que parece no tener fin. Nunca antes como en los últimos años habíamos asistido al imperio absoluto de la prepotencia bélica y económica, producto de un orden mundial esencialmente injusto, en el que prevalecen groseramente los intereses de los poderosos.

Los ataques del martes, que conmovieron al mundo, parecen enmarcarse en lo que habitualmente se conoce como terrorismo. Es decir, una actividad que –además de los estragos materiales– ocasiona víctimas inocentes, absolutamente ajenas a los intereses en juego en el conflicto, y sin responsabilidad alguna en los padecimientos de las otras víctimas, las de la política imperial. Las acciones del martes 11 fueron suicidas y asesinas pues no perseguían un objetivo bélico, y como tal merecen nuestro repudio y condena».

Del mismo modo que los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, las explosiones en Londres no son otra cosa que la respuesta del fundamentalismo terrorista islámico al fundamentalismo terrorista inspirado en la doctrina Bush. Insistimos en nuestra condena a todo tipo de terrorismo y en modo alguno es nuestra intención justificar el horror vivido por neoyorquinos, madrileños y londinenses. Pero no podemos soslayar la historia de atropellos cometidos por el «mundo civilizado» (en aras de la religión, de la democracia o de lo que sea) en perjuicio de seres humanos tan inocentes como las víctimas de Nueva York, Atocha y Londres. Decíamos en aquel mismo editorial de hace cuatro años:

«De alguna manera, EEUU está cosechando lo que sembró: odio y destrucción. No olvidemos que desde fines del siglo XIX la gran nación del Norte se caracterizó por su política imperialista: la expansión territorial a expensas de México; Theodore Roosevelt y su política del garrote; las intervenciones desembozadas en Puerto Rico, Panamá, Cuba, Nicaragua, República Dominicana, Grenada, Vietnam; las innumerables acciones de la CIA para desestabilizar a gobiernos legítimos, propiciar golpes de Estado y apoyar regímenes dictatoriales; el adiestramiento de torturadores y la formación de profesionales de la muerte. Precisamente el martes 11 de setiembre, todos recordamos acongojados el golpe de Pinochet con el respaldo de la CIA, y la muerte de Allende».

Inglaterra tiene, también, una tenebrosa historia (más dilatada en el tiempo) de invasiones, saqueos y explotación de las riquezas de otros pueblos. A ella suma, ahora, el inexplicable alineamiento con EEUU en su cruzada contra el mundo árabe.

De poco vale el súbito arranque de «generosidad» de que son presa los países ricos del G8. De poco vale que los dueños del poder económico hayan dispuesto incrementar la ayuda brindada al tercer mundo mientras sigan explotando los recursos del mundo, mientras continúen con su prepotencia imperialista, mientras los gastos en armamento se mantengan en los niveles escandalosos actuales, mientras la solución a los problemas no sea otra que la respuesta bélica. En definitiva, mientras el orden mundial siga siendo el que hoy nos rige, persistirá la amenaza de acciones vengativas como las de Londres o de Madrid. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje