Verás lo que yo quiero que veas
Estamos acostumbrados a ver las imágenes del horror en la capital iraquí, que nos llegan multiplicadas a la pantalla, a la que nos enfrentamos con una creciente indiferencia. Para la mayor parte de los londinenses y británicos, tales imágenes no son otra cosa que una señal remota, casi cinematográfica, de un país extranjero. De alguna manera, casi todos se han olvidado de que el responsable del horror inacabable en Irak es también el gobierno británico, principal socio de Bush en Irak.
Pero las imágenes del horror hoy vienen de Londres: Bagdad y Londres parecen compartir un destino muy similar, como el antes sufrido por Madrid y Nueva York. Como el que viven cada día los habitantes de Afganistán.
Pero, al igual que en los atentados del 11S, en que el gobierno de George Bush impuso una férrea censura de prensa, el primer ministro británico, Tony Blair, también hizo la misma opción y los ciudadanos ingleses y el resto del mundo no pudieron ver las imágenes de los estragos causados por los atentados terroristas.
O se vio lo que las autoridades políticas británicas quisieron que se viera.
En una lógica discrecional y abusiva del derecho de la opinión pública a estar informada y, en consecuencia, juzgar en base a los elementos objetivos de la realidad, las grandes cadenas informativas fueron censuradas o «se autocensuraron» a la hora de mostrar imágenes de víctimas.
En contraposición con esta filosofía de ocultamiento de la parte más dura de los golpes asestados, presuntamente por la red terrorista de Al Qaeda, las cúpulas de los gobiernos, tanto estadounidenses como ingleses, impulsaron una suerte de «reality show» cuando el desarrollo del conflicto bélico iniciado por Estados Unidos con el apoyo de Gran Bretaña y otros aliados, dirigido a deponer a Sadam Hussein en Irak.
La manipulación de la información fue uno de los aspectos más cuestionados de la invasión decidida por George Bush, Tony Blair y José María Aznar, jefe de Estado español cuando se desencadenó la guerra contra Irak en la segunda quincena de marzo de 2003.
Precisamente la distorsión gubernamental en el manejo de la información sobre los verdaderos responsables de los atentados del 11M en Atocha, Madrid, despertó un fuerte rechazo de la opinión pública española, y fue un factor decisivo para que menos de 72 horas después Aznar perdiera las elecciones presidenciales.
De acuerdo a cómo vienen actuando las grandes cadenas noticiosas, en especial CNN y BBC, la información dejó de ser, para ellas, un bien colectivo de la sociedad para transformarse en un instrumento al servicio de las necesidades políticas de los gobiernos de turno. *
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