La discriminacion tiene variados rostros
No obstante el paso de los siglos y la suscripción de documentos internacionales, que proclama el principio de igualdad de las personas, con prescindencia de razas, creencias religiosas, fronteras geográficas, condiciones sociales u opiniones políticas, los pueblos económicamente más débiles constatan su permanente quebrantamiento. Las zozobras, inquisiciones y despidos que sufren nuestros compatriotas cuando visitan España para ver a sus familiares, como el mal trato que recepciona la gente que allí se ha radicado por mandato de la necesidad, ponen al desnudo cuanta hipocresía encierran los discursos, que nos hablan de la hermandad que existe con la mal llamada «madre patria».
El insolente calificativo de «sudaca» al cual hace referencia el periodista Antonio Ladra en su ilustrativa contra/seña del 18 de junio, revela cómo el gobierno y la sociedad de aquella nación olvidan la generosidad que Uruguay ha tenido históricamente con los inmigrantes españoles, y por consiguiente el desconocimiento de los entrañables atributos, en que se inscriben las reglas de reciprocidad. Desdichadamente la discriminación tiene múltiples proyecciones que la cultura y la justicia no han podido neutralizar, ya que ella se presenta cruelmente por razones de edad, género, nacionalidad y orientación sexual, transformando muchas veces en ilusorio, el postulado que determina que las personas deben ser evaluadas por sus méritos y realizaciones.
Recuérdese que la pureza racial que predicaba Adolfo Hitler, ha sido enjuiciada con sólidos fundamentos jurídicos y morales, pero paradojalmente los sostenedores de ese legítimo cuestionamiento practican con otros mecanismos más sutiles, una división de clases, que los discípulos del nazismo no vacilarían en apoyar. Y como la caridad bien entendida comienza por casa, tenemos que admitir que en el suelo patrio subyace una segregación solapada con respecto a la raza negra, indudablemente la más injuriada, según lo reafirman los testimonios de la Historia.
Se argumentará que en nuestro país no han existido conflictos de la magnitud que se han suscitado en EEUU, donde la siniestra organización del Ku Klux Klan ha protagonizado los crímenes más aberrantes contra personas cuyo único «delito» era la pigmentación de su piel. Pero no debe olvidarse, que en la tierra de Artigas los negros representan una notoria minoría, sin ninguna gravitación en los lugares de jerarquía dentro de las estructuras políticas, filosóficas, culturales o sociales.
De la misma manera que los africanos, asiáticos, latinoamericanos, son considerados en Europa ciudadanos de tercera categoría, con la advertencia de que no confundan tolerancia con asimilación, en Uruguay se actúa de análoga forma frente a los negros, negándoles los espacios que demostrarían la vigencia de un marco igualitario. Obsérvese que un día antes de cumplirse el 163 aniversario de la abolición de la esclavitud en nuestro país -lo que acontece el 16 de junio de 1837 durante el gobierno de Manuel Oribe- ocupa por primera vez una banca en el Parlamento el afrouruguayo Edgardo Ortuño, quien ha honrado ese sitial por las virtudes que le son reconocidas. El hecho de que hayan tenido que transcurrir 170 años, para que un ciudadanos de esa raza ingresara al Palacio Legislativo en representación del pueblo, pone en evidencia que los negros han enfrentado la vida desde los más bajos peldaños de la escala social. Recordemos que en el año 2000 datos oficiales señalaban que los trabajadores afrouruguayos ganaban el 65 por ciento de lo que percibían sus colegas blancos, mientras que el 75 por ciento de las mujeres cumplía tareas domésticas.
Se aduce que los negros se autodiscriminan, lo que comporta una verdad a medias, pues en la medida en que tratan de superarse, la segregación o las exclusiones se hacen sentir con mayor fuerza, tornando imposible la integración social, laboral y psicológica. Unicamente en el campo artístico o deportivo son valorados y respetados, porque cuando se trata de dinero, los intereses económicos les dicen a los prejuicios raciales y a los convencionalismos de la conservadora oligarquía, que tienen que dar un paso al costado, porque está en juego la supremacía de los billetes.
Como se sabe, el blanco no esclavizó al negro como resultado de procesos bélicos, sino que amparado en el régimen colonial, lo utilizó como mano de obra barata para lograr sus fines económicos. Por ello, en tiempo de tanta ignominia, se hizo célebre la consigna de que si no los dejaban vivir como hombres, no podían impedirles que murieran como tales. *
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