La Argentina como ejemplo
En los últimos 50 años, la historia de los países del Plata se podría examinar en paralelo, con los límites que presenta siempre este tipo de análisis.
Ya desde fines del siglo XIX los procesos se asemejan: la prosperidad agropecuaria, la dependencia financiera con el Imperio Británico, la ola inmigratoria, las tempranas luchas obreras, las diferentes formas de populismo.
Se podrían comparar, por ejemplo, las políticas nacionalistas del primer período peronista con las impulsadas por Luis Batlle Berres, de quien, sus enemigos dentro del Batllismo, decían era «el Perón uruguayo». Una actitud similar de impulso a la industria, un interés por el fortalecimiento del mercado interno, una política proteccionista caracterizaron a los gobiernos de ambos lados del Río de la Plata hace más de medio siglo.
Después, en 1955, vino el derrocamiento (sangriento) de Perón y la ofensiva y victoria de las derechas uruguayas contra Luis Batlle, en 1958.
El ciclo de la represión contra las organizaciones populares de Arturo Frondizi, el llamado Plan Conintes (por Conmoción Interna del Estado) tuvo su correlato en la aplicación «in crescendo» de un instituto similar, las Medidas Prontas de Seguridad.
Luego los parecidos de los regímenes del Terrorismo de Estado y más las transiciones a la democracia con impunidad. Siempre, en uno u otro sentido, con diferencias de grado importantes, pero con rumbos paralelos.
En su ímpetu, muchas veces los sucesos de la Argentina anticipan lo que nos va a suceder.
Veamos algunos puntos que remiten a la rápida recuperación económica que experimenta en los últimos meses nuestro vecino.
Tres noticias, tomadas del diario Clarín, que no es por cierto un vocero de los sectores izquierdistas argentinos, nos dicen:
«Las ganancias de las empresas grandes del país crecieron un 53 por ciento respecto al año anterior. Es la conclusión a la que llegó un estudio del equipo de economistas del Banco Río. «Según una muestra de las 100 mayores compañías admitidas a cotizar en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, el resultado neto de las mismas, a marzo de este año, acumulaba 5.248 millones de pesos, contra 3.427 millones del mismo período de 2004″, señala el estudio.
En segundo lugar, pese al mantenimiento sostenido de tasas de crecimiento económico, los niveles de desocupación se mantienen altos, muy por encima de los guarismos históricos. Los índices de pobreza tampoco ceden y una parte de la población desplazada hacia los asentamientos marginales se mantiene en una situación prácticamente incambiada. La torta crece, el producto aumenta pero no hay señales significativas de «derrame hacia abajo».
En tercer lugar, crece la distribución negativa de la renta. Los beneficios se concentran en grupos cada vez más restringidos y… más ricos. Comenta el matutino porteño:
«El lujo –que en la Argentina de la crisis había quedado restringido al ámbito más privado de lo privado– volvió a salir a la calle. En eso coinciden los consultores y los representantes de las grandes marcas consultados por Clarín. Autos, ropa, el último detalle en tecnología…»
La tendencia que surge «espontáneamente» de la estructura económica tiende a eso: tal es el cuadro que nos muestra América Latina, la región del mundo donde, con más intensidad, prevalece la desigualdad social. Ahora bien, ese carácter espontáneo de la desigualdad social no es inevitable. Tal como parece estar intentando hasta ahora sin éxito Kirchner, a la desigualdad se la puede combatir desde la acción del Estado, como se ha demostrado más de una vez en la historia de nuestro continente, sea en el período del «estado de bienestar», sea en los estados de signo progresista y socialista como Cuba y Venezuela.
Librada a su sola voluntad, la economía es cruel. Sólo la acción organizada de las fuerzas populares puede torcer ese destino imponiendo, con luchas y con leyes, formas de redistribución que ataquen las intolerables injusticias sociales hoy vigentes. *
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