Los jóvenes y la violencia
Los últimos días han estado signados por hechos de violencia protagonizados por jóvenes.
Los motines registrados en dependencias del INAU –la forma de resolverlos y las consecuencias sociales y políticas que han dejado– en cierto modo opacaron otros hechos de violencia que también preocupan a la sociedad, o los desplazaron en la jerarquización de las informaciones de prensa.
Es así que los sucesos acaecidos en algunos liceos no contaron con el destaque informativo que merecían, ya que la gravedad de la situación en la Colonia Berro acaparó casi en exclusiva la cobertura informativa de los medios.
No obstante, el asunto debe preocuparnos y hacernos tomar conciencia de que estamos ante un problema serio. Así lo perciben, por otra parte, las autoridades de la Enseñanza Secundaria, quienes se hallan abocadas –entre las arduas tareas que deben enfrentar– a analizar las posibles soluciones a la ola de violencia desatada en algunos liceos públicos.
Obvio parece reconocer que la violencia es un componente del alma humana. Pero resulta alarmante advertir la frecuencia con que –desde un tiempo a esta parte– se apela a respuestas cargadas de agresividad para la solución de cualquier conflicto.
Los comportamientos violentos parecen ser la única forma de relación entre los individuos. La menor controversia surgida con motivo de una fricción en el tránsito es motivo suficiente para que aflore la violencia verbal primero y la física después. Y entre los jóvenes –particularmente aquellos pertenecientes a los estratos más bajos, aunque no son los únicos ya que el fenómeno abarca a toda la sociedad– el relacionamiento parece darse sobre la base de códigos de agresividad.
Evidentemente, estamos en presencia de uno de los síntomas más claros de la crisis de valores que padecemos. Cuando a comienzos de 2001 se planteó la posibilidad de incorporar la enseñanza religiosa a los centros educativos estatales, escribimos lo siguiente:
«En realidad, parecería que la crisis de valores a la que asistimos no es producto de la falta de educación religiosa, sino más bien de la primacía de ciertos antivalores –valores inmorales y anticristianos– que la globalización actual propugna como ideal, como meta a alcanzar y como medio hábil para lograr otras metas. El capitalismo –y su versión posmoderna exacerbada– fomenta el individualismo a ultranza, la competitividad de los individuos entre sí, el afán de lucro como motor, la posesión de bienes materiales como fin supremo. Ya no importa lo que se es, sino que ha triunfado el ‘tanto tienes, tanto vales'; hemos pasado del ser al tener y al parecer. Lo opuesto a lo que enseñó Cristo y por lo que fue condenado.
Entonces, ¿cómo conciliar el sistema de valores del auténtico cristianismo –valores humanistas y de profundo contenido moral, la mayoría de ellos válidos también para los ateos– con el sistema de disvalores del capitalismo salvaje que pretende imponer su lógica inmoral a todo el planeta?
He allí la gran contradicción. De poco vale la incorporación a la enseñanza pública de valores religiosos (como la humildad, el amor al prójimo, o el ofrecer la otra mejilla) si los individuos, desde niños, están bombardeados desde los medios masivos por una permanente incitación al hiperconsumismo. ¿Es posible compatibilizar la solidaridad con el individualismo? Basta ver quiénes son los héroes, los prototipos, los modelos a imitar, los triunfadores de hoy, para advertir la flagrante contradicción entre ambos sistemas de valores.
No se trata pues de que en la escuela pública no se inculquen valores, sino que los disvalores promovidos por el sistema se han impuesto sobre aquéllos. Allí es hacia donde hay que apuntar los esfuerzos».
El asunto requiere una especial atención de parte de las autoridades si de veras se pretende modificar el comportamiento de los jóvenes. *
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