Embajador Vicente Muñiz: un gran amigo del Uruguay

Muchos de los logros que hoy se alcanzan en la defensa de los derechos humanos, que debilitan el manto de impunidad que hasta el presente cubre actos de violación de los mismos durante la dictadura, a través de crímenes, tortura y cárcel aplicados a centenares de uruguayos, se relacionan con actos de dignidad y valentía y de defensa de la democracia y de las libertades que llevaron a cabo hombres como Vicente Muñiz Arroyo. Embajador de México en Uruguay de 1970 a 1977, en plena dictadura, aplicó de manera irrestricta el derecho de asilo y por lo tanto protegió a centenares de perseguidos políticos, los salvó de la cárcel y la tortura y salvó la vida de numerosos compatriotas.

Es por esto que asilados políticos durante ese período, han decidido rendirle un homenaje y que la Junta Departamental de Montevideo resolvió instalar un monolito en su memoria en la Rambla República de México el próximo 27 de junio a las 11.00 horas.

No debemos olvidar que en aquellos años, 1975-1976, se había incrementado la represión, desatándose un duro operativo de persecución a integrantes del Partido Comunista. Miles de ciudadanos debieron buscar alternativas en su vida clandestina para lograr sortear la tortura, la cárcel y proteger su vida y en muchos casos la de sus familiares.

Al profundizarse la represión y estrechar el cerco a miles de militantes, a muchos se les plantea la posibilidad de solicitar asilo político. Es en este contexto que el embajador Vicente Muñíz mantiene abierta la puerta de la sede diplomática mexicana para proteger y otorgar asilo a perseguidos uruguayos. El embajador demostró su alta condición humana, su valor y su fidelidad extrema a la tradición política de México. Familias enteras ingresaron a la Embajada a raíz de la persecución que se ejercía a sus padres; niños, mujeres, personas enfermas fueron recibidas. Protegió a través del asilo a más de 500 ciudadanos y en algunos períodos albergó a alrededor de 200 personas en la sede diplomática. Atendió su mantenimiento, su salud, pues hubo personas con graves padecimientos, que debieron ser hospitalizadas, lo que generaba un grave riesgo en cuanto a garantizar que no fueran detenidos por la Policía. Trató de resolver situaciones difíciles en cuanto a documentación de militantes políticos o de sus hijos, cuando la dictadura obstaculizaba el otorgamiento de salvoconductos. Arriesgó su propia vida en la defensa del derecho de asilo. En numerosas oportunidades brindó apoyo económico de su propio bolsillo para encauzar los numerosos problemas que se generaban en la sede diplomática, desde proveer ropa y comida a los asilados, hasta disponer que se celebraran los cumpleaños de los niños.

No era fácil mantener con equilibrio a un colectivo humano de estas dimensiones y de características tan particulares en cuanto a su estado emocional, pues se trataba de militantes políticos perseguidos, con problemas familiares de toda índole, pero sin embargo lo logró.

Incentivó que, durante el tiempo que permanecimos en la sede diplomática, se organizaran escuelas, actividades culturales, talleres de estudio, estuviéramos bien informados, lo que teniendo en cuenta el número de personas que convivíamos era una tarea muy compleja.

La conducta del embajador Vicente Muniz contribuyó a que los asilados mantuviéramos una actitud política centrada en la tragedia que padecía el país, en los acontecimientos que se sucedían en esos días, entre otros, el asesinato de Héctor Gutiérrez Ruiz y Zelmar Michelini en Buenos Aires el 20.5.76, de William Whitelaw y Rosario Barredo y la desaparición de Manuel Liberoff, como también el cerco de las Fuerzas Conjuntas a la Embajada de Venezuela y secuestro y posterior desaparición de María Elena Quinteros. La operación represiva de carácter masivo continuó contra dirigentes y militantes políticos e instaló la práctica generalizada de la cárcel y la tortura. Así se sucedieron los «infiernos» y los «trescientos Carlos». Esta conducta de los asilados se tradujo, ya en el exilio, en vivir de cara al país, desarrollando permanentes campañas de solidaridad con la lucha de nuestro pueblo y con los presos políticos. La colectividad uruguaya que estuvo asilada y exiliada en México, mantuvo siempre una actitud amplia y unitaria, que posibilitó materializar una política de solidaridad con la lucha del pueblo uruguayo, que comprendió la voluntad de pueblos, partidos políticos y gobiernos de todo el mundo para poner fin a la dictadura en el país.

El embajador Vicente Muñiz Arroyo fue un gran amigo del Uruguay, del general Líber Seregni, no olvidamos aquel gesto que tuvo al invitar al General, luego de ser liberado de la primera prisión, a hacerse presente en la fiesta que se realizaba en el Parque Hotel al conmemorarse el día de la Independencia Nacional de México, que dio lugar al enfado de los comandantes en jefe de las tres armas, quienes se retiraron de las celebraciones.

Vicente Muñiz Arroyo fue un gran amigo de Uruguay, de los asilados políticos en México y nos inició en el camino de conocer y querer a ese gran pueblo hermano. *

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