La ofensiva del neoliberalismo en Europa
La reciente victoria del «NO» al proyecto de Constitución de la Unión Europea en las consultas populares realizadas en Francia y Holanda ha instalado en las sociedades del viejo mundo un debate enredado e interesante.
Enredado porque no son pocos los que, ante la realidad actual, aparecen vistiendo atributos políticos distintos y en algunos casos muy distintos a lo que constituía su identidad política histórica. El caso más espectacular podría ser el del señor Anthony Blair, el actual primer ministro británico.
Más allá del «travestismo» político que caracteriza en Europa a algunas corrientes políticas, el hecho que aflora con claridad es que esta región del mundo se enfrenta a una nueva ofensiva de las tendencias neoliberales hegemónicas tanto en los Estados Unidos como en el Reino Unido.
Interesante porque más allá de las grandes diferencias que existen con las problemáticas de los pueblos latinoamericanos, los trabajadores europeos se enfrentan hoy a una encrucijada en la que aparecen amenazadas las conquistas del «Estado de bienestar».
La presión que el «neoliberalismo anglosajón» ejerce sobre la vieja Europa pone en tela de juicio la situación histórica de empate o semiempate en que viven algunos de los más grandes países de esta región, en los cuales las organizaciones obreras han logrado conquistas y han defendido patrimonios que hoy resultan un obstáculo para la expansión del gran capital.
De ahí que en los últimos meses, antes, durante y después de los debates acerca de la Constitución Europea, lo que ha estado en discusión es un nuevo empuje en la dirección de la apertura, la deslocalización de industrias y desregulación del trabajo o el avance en un sentido contrario.
En su comparecencia, que según se ha dicho tuvo aristas espectaculares, A. Blair habló de la necesidad de un New Deal para Europa y, sin entrar en demasiados pormenores, avanzó en la idea de una mayor liberalización.
Dejemos de lado la ya señalada perversión de las palabras. El Nuevo Trato (o New Deal) impulsado desde el gobierno de los EEUU por F.D. Roosevelt a comienzos de los años treinta tiene muy poco que ver con la orientación que impulsa el político británico.
Roosevelt actuó inspirado en concepciones keynesianas y dio al Estado una gran participación en proyectos de reactivación económica que intentaban –y lograron mitigar los efectos de la Gran Depresión iniciada en octubre de 1929, la crisis capitalista auténtica y la primera evidencia palmaria del fracaso de liberalismo económico.
En su momento, dentro y fuera de los Estados Unidos, FDR fue criticado por sus inclinaciones «socialistas» al intentar hacer jugar al Estado un papel de palanca capaz de impulsar la reactivación económica y la lucha contra el desempleo.
Para las organizaciones sociales europeas actuales, el proyecto de Blair aparece muy emparentado con la llamada «Directiva Bolkestein», una iniciativa impulsada por Frits Bolkestein antiguo comisario de la Unión Europea autor de un proyecto de privatización de servicios a escala continental unido a una serie de normas que facilitarían la igualación hacia abajo de las condiciones de trabajo y salariales de los trabajadores de la región.
La alarma por las privatizaciones, la pérdida de puestos de trabajo y la rebaja del salario que inquieta a las viejas centrales sindicales del viejo mundo no es otra que la que agita las aguas de nuestro convulsionado subcontinente donde el programa neoliberal se ha aplicado en forma alevosa en perjuicio de los intereses de todos nuestros pueblos. *
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