Les juro que Gardel no tiene la culpa

Creo que si algo bien gardeliano heredamos por estos lares, es esa filosofía canyengue de los mostradores, de las esquinas y los zaguanes, esa forma de mirar las cosas a través de vidrios de colores generalmente grises, en medio de una proyección mestiza entre pesimismo, resignación y bronca. Y no me atrevería a decir si se trata de una genética gardeliana o simplemente tanguera, llámese Gardel o como sea.

Y entonces algunas reflexiones mistongas se nos vienen a la azotea, nos resbalan por el cuore y después nos aterrizan en la vereda de nuestra incredulidad o «gilería» como diría alguno de esos poetas lunfas, de los que no abundan. Reflexiones tales como aquellas que dicen que los «gomías» son como los jueces, se han hecho para fallar.

Y viene al caso justamente porque estamos sobreviviendo una época donde no tallan los más guapos como en los peringundines orilleros, sino los mediocres, los que son como el queso, con dos caras, que mitológicamente conocíamos por bifrontes y en el «rioba» los llamábamos fallutos o jodedores.

Y esto pasa en política, en fútbol, en tu propia casa y ni que decir en el laburo, donde la obsecuencia se ha convertido en el pan nuestro de cada día. El doble discurso, la cursilería, la amenaza velada, la trapisonda artera y el beso de Judas, son la nueva doctrina de sobrevivencia de los incapaces.

Por eso cuando llega un 24 de junio como este, y la voz de Gardel aparece con más frecuencia que nunca en las radios, y vos como siempre estás «gastando los tamangos, buscando ese mango que te haga morfar», verás que al fin y al cabo «todo es mentira» y comprenderás que después de todo «al mundo nada le importa». Y te darás cuenta que no es Gardel lo que sobrevive, es esa especie de verdad que nos heredó en dos por cuatro, y que sigue atormentándonos y cuestionándonos y seguramente continuará haciéndolo por los siglos de los siglos.

Entonces, lo de si era francés o uruguayo de Tacuarembó pasa a un segundo plano. Porque el verdadero Gardel que todos recordamos es mucho más que una voz, es una filosofía de la orilla, como el fainá más rico y crocante, una especie de manual de supervivencia en el infierno de la realidad, una Biblia contemporánea donde los evangelios fueron escritos a piñazos y patadas.

Ese es el Gardel absoluto, el que no pudieron devorar las llamas de Medellín, el de los mensajes implícitos y explícitos. Un Gardel que bien pudo ser hijo del desliz amatorio de un coronel en el Valle Edén o «fruto del pecado» de una francesita que bien podría llamarse «madame Ivonne» como la del tango, que dio el mal paso igual que la costurerita de la leyenda.

Un Gardel coincidente con el eterno Discepolín, «Gurú» mistongo que nos ensartó la conciencia con aquello de «¿Pero no ves, gilito embanderado, que la razón la tiene el de más guita? ¿Que la honradez la venden al contado y a la moral la dan por moneditas?», en su inmortal «Qué vachaché».

A veces he llegado a pensar que todos somos un poco «gardeles», aunque tengamos menos oído que un «primus» a queroseno y no sepamos tararear ni el «arroz con leche me quiero casar».

Porque esas premisas engominadas y seguramente machistas de los tangos, esa sensiblería bizarra del vago que le canta a la santa viejecita mientras la pobre doña se quiebra la columna lavando ropa ajena en una pileta de hormigón en el patio del conventillo para mantener al atorrante de su hijo, esas emociones son algo así como el farolito esquinero de nuestras nostalgias más íntimas.

La mina infiel, el mal amigo, el compadrito del clavel en la oreja y la cicatriz en la trucha, la francesita del burdel, el botija que vende diarios colgado de tranvías que ya no existen, pero toda esa fauna decimonónica, de una forma u otra aún sobrevive. La mina infiel es hoy por hoy la que te puso de patitas en la calle y te ensartó con un divorcio pensión alimenticia incluida, el compadrito del clavel, lleva tatuajes y aros hasta en los testículos en lugar del clavel en la oreja, la francesita del burdel, ni es una mina, ni es francesa, ni está en el burdel, aunque puede «hacerte la francesa» y pararse en Montecaseros, y los botijas no venden diarios porque no hay tranvías, pero piden limosna con estampitas, hacen malabarismos en las esquinas, duermen en la calle, se mueren de hambre y de frío y ahí están.

Lo que no ha cambiado desde los primeros tangos prostibularios, antes que Gardel inclusive, cuando aquello de «Bartolo tenía una Flauta con un agujerito solo», son los malos amigos. Esos, con tango, o sin tango, con un Gardel francés o tacuaremboense, siguen siendo inspiración eterna del «Yira, Yira» discepoliano: «Cuando no tengas ni fe, ni yerba de ayer, secándose al sol. Cuando la suerte que es grela, fallando y fallando te largue parao, no esperes nunca una ayuda, ni una mano, ni un favor…».

Al fin y al cabo, lo que más nos duele es «el corre por tu vida» de estos días y el «yo no fui» como deporte cotidiano. Y de eso, les juro, Gardel no tiene la culpa. *

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