Setenta años no es nada: El Mago insustituible

El viernes 24 de este mes se cumplirán 70 años del trágico accidente de aviación ocurrido en tierras colombianas en el que perdiera la vida Carlos Gardel.

Parafraseando una de sus más recordadas creaciones, donde nos dice que «20 años no es nada», cabe la expresión del título y supongo que se entenderá fácilmente, sin necesidad de mayores explicaciones.

Siete décadas es un período de tiempo considerable; toda una vida y en ocasiones varias, dado que no todos tienen la suerte de llegar a vivir tanto.

A los efectos del tema que nos ocupa, 70 años sin que haya podido surgir alguien que lo superara en popularidad a partir del canto, es mucho tiempo, lo que da una pauta de la dimensión y trascendencia de su figura.

Por estas latitudes, Gardel sigue siendo Gardel y eso alcanza para entendernos. Aun para las nuevas generaciones y para quienes no lo escuchan habitualmente, cuando se oye decir: «sos Gardel», todos saben a qué se está haciendo referencia y ahí radica su mayor grandeza que ha consistido en volverse imperecedero pese al paso de los años.

Me cuento entre los que seguimos disfrutando de la magia de su voz inigualable, de esa armonía de sonidos que reconforta el espíritu por encima y más allá del tema que esté siendo transmitido. No se me escapa que algunos aspectos de su vida, especialmente su origen, continúan siendo motivo de controversias y que éstas responden a distintas fuentes de información, algunas de ellas no exentas de intereses.

A fines del mes pasado, en un breve informe de CNN en español se sostenía que su origen era francés y se mencionaba –casi al pasar, subestimando la alternativa– la versión que establece el inicio de sus días en Tacuarembo (así, sin tilde en la o).

Los entrevistados eran ciudadanos argentinos vinculados, o de visita simplemente, a lo que fue su casa en la calle Jean Jaurés, hoy convertida en museo, cercana al que fuera el Mercado del Abasto, transformado actualmente en uno de los tantos centros comerciales bonaerenses. No fue exhibido un solo testimonio de investigador uruguayo alguno y, por lo visto, para la cadena informativa el asunto está laudado.

No ingresaré al terreno histórico, cuya exposición tan parcial como mezquinamente manejada irrita. Basta con decir que a mí –que sostengo que Gardel era porteño– me dolió bastante esta presentación poco seria y con visos de oscurantismo. Indigna que se cierren arbitrariamente las puertas de la verdad impidiéndole el acceso a la gente. Como mínimo se imponía presentar las diferentes campanas, pero queda claro que no era el objetivo perseguido por la nota, que imagino centrada en la promoción de esta veta turística en la medida en que se aproxima una fecha muy importante.

Hice estas puntualizaciones porque deseo que mi punto de vista no se sume a la patraña.

Sostengo que, más allá de la verdad histórica (que es una sola), Gardel era porteño. Más que argentino, era porteño; por adopción y fundamentalmente por pertenencia.

Los orígenes son importantes y el lugar de nacimiento es una de las referencias que puede llegar a marcarnos sentimentalmente. No obstante, creo que lo que cuenta es lo que uno elige o donde en última instancia se establece. Su lugar en el mundo.

Sobrarían los ejemplos de héroes en nuestro proceso independentista así como en los de otros países, que no nacieron en las tierras a las que entregaron sus vidas y hoy se los recuerda naturalmente asociados a cada uno de esos lugares en los que construyeron patrias.

Es algo parecido a aquello que uno no puede elegir su familia pero sí a sus amigos.

No puedo saber qué sentía íntimamente ese notable intérprete que fue, es y será Gardel más que Gardés o Escayola. Consta al mundo entero que fue un pedazo grande de Buenos Aires, prototipo y paradigma de nuestros hermanos de esa época.

Creo que está bien que insistamos en el asunto del origen porque la verdad, como la luz, debe resplandecer. Pero no confundamos las cosas: que Carlitos haya nacido en suelo patrio, que haya pasado por aquí un buen tiempo y que tuviese pasaporte uruguayo no lo convierten en oriental. No alcanza con todo eso.

Cada uno es lo que siente ser y pertenece a un sitio determinado. Como ejemplo: yo nací en Montevideo, hermosa ciudad que admiro y quiero entrañablemente, pero pertenezco a La Paz; por opción, adopción, pertenencia y hasta costumbre. Me siento más canario que montevideano y es posible que a muchos nos pasen cosas como ésta. Gardel y Buenos Aires eran y –nos guste o no– siguen siendo sinónimos. Eso es lo que pretendo que asumamos de una buena vez.

Además, ¿qué podremos hacer nosotros los uruguayos, tan pobres, pequeños y desconocidos, respecto a esta figura enorme de un tiempo ya lejano, perteneciente a una época en que la información no era tan accesible ni tan confiable como la actual, donde el «argentino Forlán» –sabe ya todo el mundo– resultó goleador en España y botín de oro en Europa? *

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