Patrimonio amargo
En una nota aparecida hace unos días, se informaba de la desaparición de algunas obras de arte y se hacía hincapié en la necesidad de salvaguardar el «acerbo patrimonial del país».
Confieso que no tenía noticias de que lo patrimonial pudiera calificarse de acerbo, salvo que se estuviera aludiendo al hábito de tomar mate, infusión heredada de la cultura guaranítica que por estos lares suele beberse sin endulzar; o si no, que se refiriera a lo que nos dejó como herencia el terrorismo de Estado…
Y sí, amigo lector, una cosa es acerbo (con be), un adjetivo que se aplica a aquello que resulta «áspero al gusto» y –en sentido figurado– «cruel, riguroso, desapacible», y otra muy distinta es acervo (con uve), un sustantivo que designa el «haber que pertenece en común a varias personas, sean socios, coherederos, acreedores, etc.» y también el «conjunto de bienes morales o culturales acumulados por tradición o herencia». Como se supone que es esto último aquello a lo que aludía la nota, debería haberse escrito «el acervo patrimonial».
Hay errores y errores. Una cosa es escribir vurro en vez de burro, o pación por pasión, o sigarriyo en vez de cigarrillo, o muger por mujer (aunque hasta el siglo XIX la primera era la grafía aceptada) o exibir por exhibir, o conección por conexión. Cualquiera que cometa alguna de estas burradas será considerado un ignorante en cuestiones de ortografía pero a nadie inducirá a error en cuanto a lo que cada uno de esos vocablos expresa.
Ahora bien, muy otra cosa son los errores de ortografía cuando conllevan un cambio semántico. Es decir, cuando estamos en presencia de homófonos, dos palabras que suenan iguales al oído pero tienen diferencias gráficas que implican una variación de su significado. No es lo mismo hacer sebo que hacer cebo; en el primer caso, aludimos a la grasa que dejamos acumular en el organismo por exceso de ocio; en el segundo, en cambio, pensamos en un pescador preparando la carnada.
Nuevo aviso a redactores, editores y correctores: no fiarse del programa de corrección automática incorporado a los ordenadores pues es incapaz de detectar el error dado que para su pobre intelecto es indiferente escribir uno u otro en la medida que ambos son reconocidos como válidos. Todavía no se ha inventado uno lo suficientemente inteligente como para advertir este tipo de yerros.
Si se ha escrito, por ejemplo: «se tomó un bazo de vino», al programa no le da el naipe para corregir la metida de pata porque el vocabulario de que dispone registra vaso y bazo. Y si es incapaz de diferenciar dos cosas tan concretas como un recipiente de vidrio para beber y un órgano del cuerpo, menos probabilidades habrá de que distinga el adjetivo amargo del concepto conjunto de bienes culturales.
–Después de su perorata, la verdad que me vinieron ganas de tomarme una acerba con vermú. Y no se me ponga cruel, riguroso y desapacible haciéndose el distraído para mandar la vuelta.
–¡Qué lo parió! *
Compartí tu opinión con toda la comunidad