Un día doblemente histórico
CUANDO LEI el discurso de Daniela Paysée en el homenaje de la Cámara a María Claudia García Irureta Goyena de Gelman pensé mandarle de inmediato un mail con estas palabras: Felicitaciones en un día doblemente histórico. Lo hago por medio de estas líneas.
Los conceptos vertidos por la diputada enaltecen la causa que defiende con pasión y razón, y prestigia al Parlamento. Por su profundo humanismo y por su contenido político. Y porque está señalando la apertura de una nueva perspectiva en la defensa de la vigencia irrestricta de los derechos humanos, una causa superior que no admite cercenamientos ni claudicaciones. El texto completo de esta alocución debería ser difundido por todas las vías.
Unida a otros hechos relevantes que simultáneamente se producen en nuestro país y en la vecina orilla, indica que por estas latitudes comienza a tocar a su fin el tiempo de la impunidad. Que empieza a amanecer el tiempo de la verdad y de la justicia.
Como se dijo ese mismo martes 14 por parte de luchadores eminentes por los derechos humanos, sobre la base de la impunidad es imposible afirmar, extender y profundizar la democracia. Que de eso se trata.
No deja de ser altamente simbólico el hecho de que mientras María Macarena escuchaba emocionada desde las barras de Diputados el homenaje a su madre, la Corte Suprema de Justicia argentina anulara por inconstitucionales las leyes de obediencia debida y punto final, desbrozando el camino para que cientos de ejecutores contumaces del terrorismo de Estado debieran enfrentar a la Justicia. Ya no tendrán escapatoria. Y sin duda a muchos los está esperando la cárcel, como sucedió con el general Videla, el almirante Massera y algunos más.
La justa conclusión la extrajeron esos inclaudicables luchadores argentinos, las mujeres en primer lugar, que no bajaron los brazos en ningún momento a lo largo de estos lustros sombríos: siempre vale la pena luchar, en algún momento la justicia llega.
Tampoco pueden separarse estos acontecimientos de lo que está sucediendo en nuestro país en el corto lapso que media desde la asunción del nuevo gobierno, e impulsado por éste y por diversos movimientos sociales. Los procedimientos en el predio del batallón Nº13, largamente reclamados y que muchos estimaban de imposible concreción, empezaron a realizarse. Investigaciones como la efectuada por LA REPUBLICA reabren precisamente el caso de la nuera de Juan Gelman, y lo importante es que hoy encuentran eco. Se excluye de la Ley de Caducidad el caso de la joven profesora Nibia Sabalsagaray, la primera víctima de las torturas en los cuarteles el 29 de junio de 1974, así como el doctor Vladimir Roslik fue el último en 1984, cuando se cerraba el ciclo ominoso de la dictadura. Y por sobre todos estos hechos, el golpista Juan María Bordaberry y su canciller Juan Carlos Blanco, directamente implicado en la desaparición de Elena Quinteros, no podrán eludir su responsabilidad y deberán comparecer ante la Justicia por los asesinatos de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz. No sabemos si a la hora de publicarse estas líneas ya se habrán presentado ante el juez penal, o si se seguirán interponiendo nuevas maniobras dilatorias por parte de sus abogados. Pero es indudable que, un poco antes o después, deberán hacerse presentes. Sin falta. Nos reconforta por otra parte el hecho de que, además de los casos de los dos parlamentarios asesinados en Buenos Aires, deberán responder ante la Justicia penal por el doble homicidio de los tupamaros William Whitelaw y Rosario Barredo, y por la desaparición del dirigente comunista Manuel Liberoff, quien es a menudo injustificadamente olvidado entre las víctimas del baño de sangre del 20 de mayo de 1976. Ahora se me cruza por la cabeza la imagen de Zelmar en la última conversación que mantuve con él en la esquina de Corrientes y Florida, cerca de la medianoche del 18 de mayo, cuando comenzaba el operativo criminal en el apartamento del Toba Gutiérrez Ruiz en la calle Posadas. En la madrugada, actuando con el descaro de la impunidad asegurada, el comando criminal vendría a sacarlo a él de su alojamiento en el Hotel Liberty para llevarlo a la muerte.
Esto no puede quedar así. Treinta años, que pronto se cumplirán, es tiempo más que suficiente para que se haga justicia. Ese fue también el llamado que emerge de la marcha del pasado 20 de mayo, imponente en su austeridad, la dignidad de los participantes y su silencio clamoroso. Por algo se dijo que sería la última manifestación en esas condiciones. Hoy se renueva nuestra convicción de que, como también se acaba de afirmar, habrá justicia en ambas márgenes del Río de la Plata. *
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