Lejos de la apología

Es evidente que cada l6 de junio Wilson Ferreira Aldunate siempre estará regresando porque ese es el designio de los grandes muertos. Y por supuesto que el tiempo y la historia se encargan siempre de examinar las luces y sombras de ellos, porque es sabido que ante esos tribunales la simple apología de nada vale, por insuficiente y mala consejera. Tampoco es serio ignorar el peso histórico de infinidad de hombres públicos de nuestro país, pues no solo sería infantil sino que estaríamos fraguando la realidad pasada.

Si tuviera que definir a Ferreira Aldunate en pocas palabras, lo cual es complejo, diría que fue leal a las estrofas de la marcha himno del partido al que sirvió, cuando en una de sus estrofas dice que «vivir es combatir». Y la verdad es que cuando pienso en aquel pasado de los sesenta, de los setenta y recalo en su figura, siempre se asoma el combatiente político. La generación que votando por primera vez, canalizó sus expectativas políticas en su discurso reformista de cambio y en aquellos planteos de los programas de 197l, acudió a su llamado bajo el enorme prestigio de la antigua divisa blanca, y con la enorme carga de racionalidad que implicaba poner al desnudo las verdaderas causas de los problemas nacionales. En esto Wilson y el nacionalismo no tenían el monopolio, pues como el mismo Wilson aceptaba, esos eran menesteres para el conjunto de los partidos y la sociedad y por lo tanto ante lo enjundioso de la tarea no se podía excluir a nadie.

Al pasar diremos que sus acciones y ponencias progresistas, lógicas y razonables, fueron motejadas por los sectores retardatarios de nuestro país como de cuño «comunista» y «tupamaro». Con absoluto apego a la verdad, ello fue así, y hoy seguramente los mismos sectores las definirían de «voluntaristas» y «populistas».

Su época fue un tiempo de desafíos y allí en su capacidad de propuesta y de diseño de políticas de cambio, se encuentra con otras del pensamiento nacional. Yo ya sé que muchos que gustan de la historia «paqueta», no quieren ni saber de Vivian Trías, de Enrique Rodríguez, de Carlos Quijano, de Sendic, de Mayo Gutiérrez, de Juan Pablo Terra, de Michelini, de la CIDE, y de todo aquel que bregara por cambiar la pisada de nuestro país, pero en la interacción entre todos aquellos actores, la discusión, el combate dialéctico, llevó a toda una generación entera a coincidir en el quehacer con muchos temas fundamentales para el país. Fue así que cuando persiguió la unidad nacional no la imaginó como un simple juego de palabras vacías de contenido. Por ello la tierra, la estructura de su propiedad, el principio de que es un bien social, su desnacionalización continua, la visión nacionalizadora del sector bancario y financiero, la justicia tributaria, con el impuesto a la renta física y su oposición al extremismo de los impuestos indirectos, el permanente ejercicio de la probidad administrativa, su fervor democrático, sus preocupaciones por la viabilidad de nuestro país, entre muchos principios lo hicieron un combatiente político, punto de referencia de la opinión pública y de la democracia uruguaya.

Luego del golpe su lucha desde el exterior fue extenuante y podemos decir que no defeccionó. Así lo prueba el testimonio de infinidad de compatriotas en el exilio quienes tuvieron que amparar sus vidas de la dictadura. Son célebres sus intervenciones en el Congreso de los Estados Unidos, cuando ese país monitoreaba a las dictaduras sanguinarias y al terrorismo de Estado de América Latina. Dictaduras que no tenían fronteras, como lo confirman los archivos de la inteligencia norteamericana y la brutal y letal incidencia del Plan Cóndor campeando sobre nuestros países. Así salvó milagrosamente su vida en los mismos momentos en que sus amigos Michelini y Gutiérrez Ruiz eran torturados y asesinados en Buenos Aires. Luego su requerimiento, y la burda mentira de la llamada justicia militar.

Es oportuno recordar que en pocos días se cumplirá un nuevo aniversario de aquel 9 de julio que contó con la conjunción del ferreirismo, del Frente Amplio, de la CNT, las federaciones universitarias, de todo el pueblo que se oponía a la dictadura y apoyaba la movilización nacional y la huelga general. Todo aquello para quienes lo vivimos es imposible de olvidar.

Wilson Ferreira siempre abominó de aquellos que arribaban a la política para incrementar sus patrimonios y fue lucido en el combate a cualquier tipo de corrupción, como era de estilo en los hombres de su generación.

Su regreso produjo una algarabía general, idéntica a la que produjo la libertad de Seregni.

Huelgan las palabras cuando el propio Presidente de la República, doctor Tabaré Vázquez, se ha hecho presente en el acto de inauguración del Monumento a Wilson en la Explanada Municipal.

Mientras algunos como Bordaberry y Juan Carlos Blanco han tenido que concurrir a los juzgados a reencontrarse con sus miserias inconfesables, otros como Seregni y Wilson son recogidos por la historia, guardados con la comprensión de todos los uruguayos y como inspiradores de los valores permanentes que nos distinguen como nación. *

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