Las reglas de la mafia

Más de cien soldados ingresaron a la residencia de la calle La Escopeta, muy poco después de mi partida. Hace un mes de esto y he dudado mucho sobre la conveniencia de escribir o no sobre el caso, habida cuenta de que tengo una respetable cantidad de enemigos que podrán usar la información en mi contra; pero al fin de cuentas soy escritor y esa condición supera cualquier cálculo.

Escribo desde Buenos Aires, pero el mes pasado estaba en Colombia, presentando nuestra propuesta de revolución educativa en diferentes medios de comunicación, empresas y universidades. Ya el año pasado había visitado el país, desde fines de octubre a fines de diciembre. Fue cuando conocí a Raúl Grajales, un exitoso empresario, que me invitó a almorzar, me presentó a su familia, puso a mi disposición su hotel cinco estrellas de La Unión Valle y su residencia personal en Cali, ciudad que los uruguayos conocemos por dos motivos: su equipo de fútbol y el cártel de la droga.

Raúl me vio por televisión y quedó fascinado por las técnicas para el desarrollo de la inteligencia, participó de un entrenamiento con su familia y me ofreció la más sincera amistad. Raúl Grajales lidera un emporio económico constituido por empresas, que van desde el cultivo, procesamiento y exportación de frutas, a viñedos (el vino Grajales es el más vendido en Colombia) y cadena de almacenes de gran prestigio.

Este año volví a visitarlo y me recibió con gran alegría. Muchas veces conversamos de su tema predilecto: la religión. Raúl es profundamente cristiano (no católico), así como su esposa e hijos. Muchas horas de conversación a corazón abierto. Una noche, mientras cenábamos cerca de la piscina, me dijo: «Mira, Enrique; yo antes andaba por el camino del diablo, hasta que me pasé a las filas de Jesús. Cuando lo hice pensé que ganaría menos dinero, pero ¿sabes qué? ahora que voy por el camino del bien, que milito en las filas de Jesús, gano más que antes».

No le quise preguntar sobre los alcances de su frase. Sé que fue sincero. Cuando uno comienza a subir el cerro que conduce al Hotel Los Viñedos (un paraíso terrenal), se va topando con carteles que indican «aquí estamos con el Señor».

La última vez que lo vi estaba intentando mejorar aún más como persona, llevarse cada vez mejor con su esposa (una dinámica y exitosa empresaria del mundo de la moda) y dar apoyo y afecto a sus jóvenes hijos. En su casa no hay alcohol, ni drogas, ni cigarros.

A esa casa ingresaron autoridades judiciales y un verdadero ejército, pocas horas después de que el Departamento del Tesoro de Estados Unidos incluyera a 32 empresas del Grupo Grajales en la Lista Clinton, mientras más de cinco mil familias del norte del Valle comenzaban a temblar ante la posibilidad de perder sus empleos. La Fiscalía acusa al grupo de lavar dinero para el narcotráfico.

Poco después, Raúl fue capturado en la casa de una empleada.

La DEA lo había sindicado desde 1998 como uno de los líderes del Cártel del Norte del Valle, aunque la fiscalía colombiana sólo le acusó por lavado de activos, no por narcotráfico.

¿Qué historia tenía detrás mi amigo Raúl? Como para un libro. El 14 de julio de 2002 su padre, Alfredo Grajales, y su hijo Luis Alfredo fueron acribillados en la entrada del hotel Los Viñedos. Por lo que puede saber, Raúl llegó a pagar a la mafia una importante deuda para salvar al resto de la familia, con lo cual lo habrían dejado en paz. Tan en paz que la custodia de la familia era mínima, cosa que preocupaba a los escasos choferes y guardaespaldas: «Están regalados. Siempre confiando en que Dios los va a defender» -me decía uno de ellos, a la vez que agregaba: «Se ve que te aprecia mucho, porque jamás traen a nadie a la casa».

Lo que realmente ha complicado a los Grajales es su supuesta relación con el fugitivo narcotraficante «Beto» Rentaría, ya que la esposa del mismo realizaba negocios con el grupo. A medida que pasan las horas, las acusaciones de la DEA, que quiere la cabeza de Raúl, parecen perder peso en cuanto al delito de narcotráfico, aunque las de lavado siguen firmes.

En el avión pensaba en Raúl, mientras millares y millares de personas manifestaban por las calles, desbordándolas, pidiendo su liberación. Le envié una nota señalándole que seguía siendo su amigo. «Sé la clase persona que eres ahora, y eso me alcanza».

No soy quién para juzgar su pasado. En todo caso, pensando en la mafia, me pregunto: ¿Cómo se hace para salir?

A Raúl, heredero del imperio, le asesinaron a su padre y a su tío, y la cosa hubiera seguido con el resto de la familia si él no hacía algo, lo que le pidieran.

No esperen hoy que me ponga de juez. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje