LA LENGUA NO ES DE TRAPO

¿Hacia dónde nos direccionamos?

A propósito de la campaña que el gobierno piensa llevar adelante contra la obesidad (causada sobre todo por malos hábitos alimenticios), se leyó la siguiente información: «Basso sostuvo que el MSP direccionará su acción antes que nada en el ámbito educativo».

Con franqueza debo reconocer que ignoro la causa de este fenómeno que se expande con rapidez y que consiste en generar nuevos verbos a partir del sustantivo correspondiente a un verbo preexistente. En el caso que hoy me ocupa, el neologismo proviene, obviamente, del sustantivo dirección, vinculado al verbo dirigir. Parece que a alguien se le ocurrió que este último verbo estaba en edad de jubilarse y lo remplazó sin más trámite por otro parecido, derivado del sustantivo. De dirigir tenemos dirección, y de éste, direccionar.

Además de resultar perfectamente inútil, el problema es que el mecanismo puede resultar infinito. ¿Quién nos asegura que de este nuevo verbo no se deriven otros sustantivos? Tendríamos, entonces, que en los liceos, el direccionador del instituto tendrá un despacho con un letrero donde se lee «Direccionamiento» y ya no más «Dirección»; y se anunciarán conciertos en que el maestro García Vigil direccionará la Filarmónica con obras de Antonio Vivaldi y Agustín Magaldi…

Calculo que todo empezó cuando alguien inventó el curioso verbo promocionar, olvidando que el sustantivo promoción se vincula con promover. Pero no es este el único caso, por desgracia. Los hay en abundancia cómodamente instalados en el habla (y en la lengua, según el concepto saussuriano). Véase, si no, el entronizamiento de influenciar (como derivado de influencia) en desmedro del primitivo influir absolutamente desplazado, relegado y olvidado. Cómo será la cosa que hasta la Real Academia Española hubo de admitirlo finalmente, forzada por la irresistible presión de la masa hispanohablante. Esperemos que no comience a usarse el sustantivo correspondiente que no sería otro que influenciamiento

Hay casos, empero, de neologismos perfectamente aceptables –aunque la Academia no los haya consagrado aún– en razón de que aportan un matiz semántico relevante. Me refiero concretamente al verbo concesionar (de concesión, sustantivo de conceder), neologismo justificado puesto que supone un matiz diferenciador que agrega precisión al concepto expresado por el primigenio conceder. Concesionar tendría un significado muy concreto que sería otorgar a particulares el usufructo de un bien para su explotación comercial o industrial, o de cualquier otro servicio público mediando el cumplimiento de ciertas obligaciones.

Del mismo modo, no me opongo al sustantivo continentación ni al verbo continentar (versión moderna de los antiguos contención y contener), ya con carta de ciudadanía en el léxico de los psicólogos.

–Mire, Mendieta, no es por nada, pero en vez de aclararme las cosas, me las está confusionando.

–¡Qué lo parió! *

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