Cuando el Imperio huye hacia adelante
En los últimos años, sobre todo a partir del 11 de setiembre de 2001 y la posterior reelección de George W. Bush, el mundo ha asistido a un vertiginoso proceso de transformaciones que, abarcando varios campos, tienen en común la misma dirección. Todas apuntan al fortalecimiento político, militar y económico de los Estados Unidos, en desmedro de la soberanía, los intereses económicos y la dignidad del resto de las Naciones del Mundo.
Esta gigantesca ofensiva, en la que los hechos se suceden tan rápidamente, a menudo oscurece las posibilidades de interpretación acertada y, por tanto, la capacidad de denuncia y reacción frente a los atropellos desmesurados que impulsa el gobierno de los Estados Unidos.
George W. Bush y su séquito parecen estar, con mezquina meticulosidad, aprovechando al máximo las posibilidades que se le han abierto a los Estados Unidos en un mundo unipolar donde no se avizoran contrapesos inmediatos a la marcha ascendente del poder estadounidense.
Días pasados, uno de los principales jerarcas militares anunció la decisión del gobierno de los Estados Unidos de incrementar su presencia militar en el espacio. Y agregó: «Ya no se trataría de una medida en el marco de una estrategia defensiva sino de una estrategia ofensiva». Dicho de otro modo, una especie de nueva «Guerra de las Galaxias», pero encarada como la continuación de las marchas hacia el Far West.
El tramo sideral de la megalomanía de Bush va de la mano con otros movimientos, bien terrenales por cierto, como el intento de hacerse cargo de una especie de «monitoreo democrático» sobre la marcha de las instituciones políticas de las repúblicas latinoamericanas, o la desembozada intervención en los asuntos internos de todos los países poseedores de reservas petroleras, empezando por Venezuela y México y terminando por la intromisión en algunas de las ex repúblicas soviéticas, como Georgia, ligada hasta ahora al Estado ruso, poseedora de oleoductos considerados, por Bush, de importancia para su propia estrategia en la región.
No es la intención de esta nota hacer un arqueo general de la totalidad del expansionismo norteamericano, sino en la medida en que ello tiene relación con los problemas que afectan al Uruguay y a los demás países de la región con los que nuestro destino como nación está estrechamente relacionado.
De ahí la importancia de examinar los actos diplomáticos, los tratados, o los compromisos sean comerciales o de inversiones con los Estados Unidos, a la luz de la vigencia de esta pertinaz ofensiva imperialista que inunda y moldea todos los espacios políticos y el destino de los pueblos no sólo desde el ángulo de sus intereses económicos exclusivistas sino, lo que es más grave aun, desde las necesidades de su consolidación como potencia militar.
Es un debate que está planteado ahora y no sólo para el gobierno y el pueblo uruguayo sino también para todos los países de Latinoamérica, especialmente los que, en los últimos años, han venido realizando esfuerzos sistemáticos, aunque no siempre exitosos, en materia de integración regional, como es el caso del Mercosur.
Más que nunca el análisis de nuestras políticas internacionales requiere una mirada capaz de alzarse sobre la contingencia inmediata de nuestro pequeño país y esforzarnos por otear el horizonte latinoamericano y del Tercer Mundo para diseñar políticas acordes a nuestros intereses económicos y sociales de mediano y largo plazo.
Dadas las connotaciones implícitas que, para los países económicamente más débiles contiene el expansionismo norteamericano y la tendencia predatoria que se agudiza día a día en su seno, cualquier paso en este terreno debe partir de la constatación de este signo principal que tiene hoy la globalización capitalista a escala mundial.
El latinoamericanismo no es sólo un componente entrañable de la ideología progresista sino que es hasta un mandato de la Constitución, Capítulo IV, Artículo 6º. *
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